Hein de Haas, uno de los principales investigadores en sociología de las migraciones, se ha dedicado en los últimos años a cuestionar con rigor empírico los clichés y prejuicios que alimentan el debate político y mediático sobre la inmigración.
Su tesis central es que la migración no es una anomalía ni un problema coyuntural, sino un fenómeno normal, constante y previsible en la historia de la humanidad, aunque generalmente a su alrededor se han construido “mitos” que distorsionan la percepción pública, dificultan el diseño de políticas eficaces y alimentan tanto el alarmismo como las falsas promesas.
Haas identifica y cuestiona una serie de mitos fundamentales: la idea de que vivimos una “invasión”, la creencia de que la pobreza impulsa la emigración, la visión de que las fronteras están abiertas, el temor de que los migrantes sobrecargan a las sociedades receptoras, y la suposición de que la migración es un camino sin retorno.
Aunque no soy un especialista en temas de inmigración como sabéis creo que, por el impacto que ésta tiene o puede tener en el empleo, es conveniente que formule algunas reflexiones sobre estos “mitos”.
1.- El mito de la invasión
Uno de los relatos más persistentes en Europa y Norteamérica es que asistimos a una “crisis migratoria” sin precedentes, en la que masas humanas procedentes del sur global amenazan con desbordar las fronteras y alterar los fundamentos de las sociedades receptoras. De Haas demuestra que esta narrativa es más fruto de percepciones políticas y mediáticas que de datos reales.
La evidencia muestra que, a escala mundial, la proporción de migrantes internacionales se ha mantenido estable durante las últimas seis décadas: alrededor del 3% de la población mundial vive en un país distinto al de su nacimiento. Esto significa que, pese al crecimiento de la población y la intensificación de la globalización, la gran mayoría de las personas sigue permaneciendo en su país de origen. En otras palabras: no estamos ante una “ola” descontrolada, sino ante una movilidad sostenida y predecible.
Además, los flujos migratorios están concentrados en regiones específicas y no se distribuyen de manera uniforme. Gran parte de la movilidad ocurre entre países del sur o entre estados vecinos, más que en dirección sur–norte. Sin embargo, los discursos políticos tienden a sobrerrepresentar los episodios mediáticos —como las llegadas en patera o caravanas migrantes— que, aunque dramáticos, no constituyen la norma.
El mito de la invasión alimenta el miedo y legitima políticas restrictivas, pero impide reconocer que la migración contemporánea es limitada en magnitud y mucho menos disruptiva de lo que se suele afirmar.
2.- El mito de la pobreza como causa
Existe una creencia extendida de que la pobreza es la fuerza principal que empuja a las personas a emigrar. Bajo este paradigma, el desarrollo económico en los países de origen sería la solución definitiva para frenar los flujos. Hein de Haas desmantela esta idea mostrando que la relación entre pobreza y migración es mucho más compleja y contraintuitiva.
Migrar requiere recursos: dinero para pagar viajes, redes sociales que faciliten la llegada, cierto nivel educativo y acceso a información. Las personas más pobres del planeta, atrapadas en contextos de miseria extrema, suelen carecer de esos recursos. Por ello, los países con mayores índices de pobreza no son necesariamente los que más emigrantes producen.
Lo que se observa empíricamente es un patrón en forma de “U invertida”: cuando un país comienza a desarrollarse, aumentan las capacidades de movilidad y, en consecuencia, se incrementa la emigración. Solo en fases muy avanzadas de desarrollo los flujos tienden a estabilizarse o descender, cuando las oportunidades locales superan las expectativas externas.
Esto explica, por ejemplo, por qué países como México, Turquía o Marruecos han tenido históricamente tasas migratorias más altas que estados mucho más pobres del África subsahariana. En el corto y medio plazo, el desarrollo económico suele generar más migración, no menos. La persistencia del mito de la pobreza como causa refuerza políticas mal diseñadas que buscan “contener” las migraciones mediante ayudas al desarrollo, sin comprender que la movilidad es parte del propio proceso de modernización.
3.- El mito de las fronteras abiertas
Un discurso habitual en los sectores críticos con la inmigración es que los gobiernos han perdido el control de sus fronteras y que vivimos en una era de fronteras abiertas. Esta idea es engañosa: nunca se han invertido tantos recursos, tecnología y capital político en controlar los movimientos migratorios como en las últimas décadas.
Lejos de una desregulación, lo que ha ocurrido es un endurecimiento progresivo de las políticas migratorias en Europa, Estados Unidos y otros entornos. Se han multiplicado los muros, las vallas, las patrullas fronterizas y los acuerdos de externalización con países vecinos. El negocio de la seguridad y el control fronterizo ha crecido exponencialmente.
Lo paradójico, es que estas políticas no reducen sustancialmente la migración, sino que la transforman. Al cerrar rutas más accesibles, los migrantes buscan caminos alternativos más peligrosos, lo que favorece a las rede de tráfico e incrementa la mortalidad. Además, cuando los migrantes logran entrar, tienden a quedarse más tiempo: antes, muchos circulaban estacionalmente entre su país y el de destino, pero ahora, por miedo a no poder regresar, optan por establecerse de manera más permanente.
Así, el control excesivo convierte la migración temporal en migración estable. El mito de las fronteras abiertas funciona como arma política para reclamar más dureza, cuando en realidad la frontera nunca ha sido tan cerrada, aunque poco efectiva en sus objetivos declarados.
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