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El futuro ya tiene dueño. Tiene nombre, logo y cuenta en X. Se llama Elon, Jeff o Mark. Se visten de visionarios, citan a Asimov y a veces a Nietzsche, y prometen llevarnos, literalmente, a un mundo ideal o a otro planeta.

Su evangelio: la innovación tecnológica salvará al mundo.

Lo que dicho de paso no es un absurdo… porqué si queremos superar todos los retos que tenemos por delante necesitaremos sin duda mucha innovación… pero probablemente no gestionado en los términos que ellos plantean.

Michel Nieva, en su libro Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo, desmonta esa religión del futuro y nos recuerda que la ciencia ficción se ha convertido en el género preferido del capitalismo.

Nieva, escritor y teórico argentino, propone una idea tan simple como demoledora: la ciencia ficción ya no predice el futuro, lo fabrica. Las promesas de colonizar Marte, crear el metaverso o vivir 200 años no nacen del laboratorio, sino de las novelas y los cómics. Solo que ahora, en vez de inspirar a soñadores, inspiran a los accionistas.

Asistimos sin demasiadas protestas al hecho de que los magnates tecnológicos han secuestrado la imaginación colectiva. Lo que antes era literatura de resistencia, a modo de laboratorio de futuros posibles, se ha transformado en un modo más de marketing corporativo. Musk cita a Heinlein, Bezos se cree un capitán de Star Trek y Zuckerberg vende simulacros de comunidad en píxeles y código. Todos coinciden en el mismo mensaje: el planeta se muere, pero tranquilos, ellos están ahí para rescatarnos.  

Nieva llama a este fenómeno “ciencia ficción capitalista”: una narrativa que combina el colapso ecológico con la esperanza tecnocrática. Si el mundo arde, no importa: lo importante es que alguien, con suficiente capital y carisma, construya una nave o un metaverso donde empezar de nuevo. Pero detrás de ese relato redentor hay una trampa ideológica: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.”

Los multimillonarios no quieren evitar el apocalipsis, quieren administrarlo gestionándolo como una empresa: monetizan la escasez, privatizan el aire, colonizan el espacio y venden “esperanza” en cuotas de suscripción mensual.

El libro de Nieva se mueve entre el ensayo filosófico y la sátira política. Describe cómo el capitalismo tecnológico ha producido una nueva especie de humano: los turistas del colapso. Denomina así a las personas que huyen al metaverso mientras el planeta se desangra por el cambio climático, invierten en planes de vida espaciales, o creen que el cambio es una “challenge” con premios en criptomonedas. El resultado lo denomina una humanidad sin mundo, una civilización que ya no habita en la Tierra, sino que la gestiona como una startup fallida.

Cada época tiene su/sus mesías. En la nuestra, lleva sudadera y levanta rondas de financiación, mientras que los héroes no matan dragones sino que optimizan algoritmos y su promesa es siempre la misma: “tranquilos, el futuro está en buenas manos”. Detrás de los mitos hay miedo; miedo a perder el control, a la entropía, a lo común. El nuevo capitalismo tecnológico se disfraza de utopía para ocultar su pulsión colonial: no busca salvar el planeta, busca reemplazarlo.

Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo es un libro incómodo. Es un espejo en el que todos, tecnólogos, activistas, gestores públicos, deberíamos mirarnos. Porque detrás de su sátira hay una pregunta urgente: ¿Quién diseña el futuro y con qué propósito?

El libro es también una invitación a desconfiar del futurismo como ideología.