Recordemos que hoy nadie tiene el mapa del futuro ni sabe bien cuál es el destino. Ni los gobiernos, ni las instituciones educativas, ni las empresas y organizaciones, ni los “gurus”.
Sin embargo si que me atrevo a plantear que en el próximo futuro las personas han de tener dos características fundamentales definidas por dos términos que no habían formado parte del escenario hasta hace poco tiempo, Me refiero a los conceptos de polimatía y resilencia. Una persona polímata es aquella que tiene conocimientos y sabe moverse en diferentes áreas/materias. Una persona resilente es la que tiene una elevada capacidad de adaptación. Una consecuencia extraña del mundo actual es que nos empuja hacia una lógica renacentista: necesitamos ser más amplios, no más estrechos.
En otras palabras, es posible que el futuro pase más por los generalistas que por los especialistas.
Antes se premiaba la especialización precoz. Hoy y en el futuro se premiará a otro tipo de personas: aquellas que tengan una curiosidad permanente, la capacidad de conexión, el conocimiento en diferentes áreas, sepan comunicarse en diferentes lenguajes, integrar perspectivas de distintas disciplinas y tener una alta capacidad de adaptación para afrontar los cambios.
No se tratará de ser “experto en todo” -eso es imposible- sino de ser capaz de aprender con rapidez, explorar con flexibilidad, aportar valor desde una mirada transversal. La persona que sepa combinar creatividad, criterio, datos, tecnología, comunicación y pensamiento estratégico va a tener más posibilidades de navegar con éxito en un mercado laboral volátil frente a la que se aferre a una sola etiqueta profesional. En este sentido ni la polimatía ni la resilencia son lujos intelectuales, son meros salvavidas. Nos permiten jugar en diferentes ámbitos, reiniciar sin partir de cero y protegernos del riesgo de obsolescencia.
La muerte de las carreras/trayectorias tradicionales. El concepto de carrera profesional ha dejado de existir.
Recordemos que el modelo de trayectoria profesional lineal ha cambiado radicalmente. Lo que antes concebíamos como una progresión lógica: acceder a una organización a los 20-30 años e ir escalando en su estructura hasta la jubilación ya no existe. Bueno digámoslo claramente; permanece como fórmula en el Sector Público, aunque no sabemos durante cuánto tiempo.
Pero no se trata sólo de que ya no funcione: lo peligroso es que seguimos actuando individualmente y gestionando de forma colectiva en un modelo que ya no existe. Las trayectorias profesionales hoy ya son erráticas, líquidas, a veces contradictorias. Cambiar de sector, emprender, volver a un empleo, combinar roles, saltar entre proyectos, reinventarte a los 40, a los 50 e incluso a los 65. Eso ya no es excepción: es la norma. Planificar a 30 años tiene un punto poético, pero es una fantasía operativa. Lo inteligente es otra cosa: tener un propósito y unos valores, cultivar capacidades amplias y avanzar por bloques de sentido, sabiendo que el futuro será líquido y que habrá que cambiar de dirección en diversas ocasiones.
Polimatía: el superpoder real en el mercado líquido. La capacidad de conocer y saber moverse en diferentes entornos.
En tiempos impredecibles como los que estamos viviendo, ser sólo un especialista puede ser un riesgo enorme. Lo que nos protegerá no es saber mucho de una sola cosa, sino tener la capacidad de aprender rápido, conectar saberes distintos y movernos entre entornos y lenguajes diversos. Lo que antes se veía como inestabilidad, hoy se lee como adaptación. Lo que antes era una locura hoy es aprendizaje continuo. Lo que antes era una rareza hoy es una singularidad competitiva. Tenemos que aceptar y actuar conforme a estos criterios. Debemos sino simplemente abandonar las ficciones de un pasado que no es previsible que vuelva.
La polimatía consiste en: saber un poco más allá de lo que nos define nuestra etiqueta, tener curiosidad sostenida, una disponibilidad para el aprendizaje y el desaprendizaje, y la capacidad mental para combinar disciplinas. La creatividad surge precisamente de mezclar dominios. Y hoy las organizaciones con sentido y visión demandan a personas que puedan pensar, integrar, proponer, conectar mundos. En este contexto la curiosidad, lejos de ser un adorno, es un activo profesional. Y la versatilidad, un requisito de supervivencia.
Hoy, las trayectorias laborales son inciertas, cambiantes, a veces caóticas, Lo que implica cambios radicales sobre cómo entendemos el trabajo, el desarrollo profesional y, en última instancia, la vida. Para gestionarlas al margen de la polimatía y la resilencia dos cualidades adicionales son esenciales: Curiosidad: una mente abierta, dispuesta a explorar, a cuestionar, a aprender siempre. Ver el mundo profesional con ojos de principiante, incluso si ya tienes experiencia y mostrar flexibilidad y adaptabilidad. La capacidad de reinventarte, de mutar, de adaptarte a nuevas realidades, tecnologías, mercados.
Ese perfil abierto -más parecido a un renacentista moderno que a un especialista encorsetado- nos ha de permitir surfear entre la ambigüedad, aprovechar las oportunidades inesperadas y construir nuestros propios caminos. Y en este proceso estamos navegando básicamente en soledad. Por ello las redes de colaboración, las conexiones humanas y la mentoría, cobran un valor enorme.
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