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La pregunta que se deriva de las reflexiones realizadas en el primero de los posts de esta serie es la siguiente: ¿Por qué los procesos de orientación no son eficientes?

En un contexto de transición acelerada -educativa, digital, ecológica y demográfica-, cabría esperar que la orientación profesional fuese una de las piezas mejor engrasadas del sistema. Ocurre justo lo contrario. Los procesos de Orientación, tal y como funcionan hoy en nuestro contexto, son poco eficientes y generan un impacto limitado en las trayectorias reales de las personas. 

Las razones son las siguientes:

La primera tiene un carácter estructural: la orientación no se concibe como un proceso continuo, sino como una intervención puntual. Se ofrece en momentos concretos -final de la etapa educativa, inscripción como demandante de empleo, en situaciones de transición etc- en lugar de acompañar a las personas a lo largo de su vida formativa y laboral. Sin continuidad no hay proceso; solo actos aislados.

La segunda es organizativa. En el ámbito educativo, la orientación sigue excesivamente centrada en tareas informativas y no en el acompañamiento de decisiones. En el ámbito laboral, los servicios de orientación están absorbidos por funciones administrativas que desplazan el tiempo y la energía necesarios para trabajar con las personas. El sistema prioriza el control y el procedimiento por encima del valor generado.

La tercera es metodológica. Muchos procesos carecen de un marco común basado en diagnóstico, evaluación de competencias y diseño de itinerarios personalizados. Sin metodología compartida, ni acceso a información previa, la orientación depende demasiado de la buena voluntad individual y no de un sistema fiable y reproducible.

La cuarta es tecnológica. Se dispone de datos, pero están fragmentados, desactualizados o no son interoperables. Sin una base de datos integrada sobre competencias, formación y mercado de trabajo, y sin capacidad de aplicar criterios de trazabilidad, la personalización es limitada y la toma de decisiones se apoya más en intuiciones que en evidencias.

Por último, hay una razón política: la orientación no ha sido tratada como una prioridad estratégica. Mientras no se la considere una infraestructura pública esencial, seguirá siendo un servicio residual, con recursos insuficientes y expectativas infladas.

Todas las piezas deben encajar. Un sistema de orientación moderno debería estructurarse en dos niveles: un primer nivel (BASICO) apoyado en aplicaciones tecnológicas gobernadas por una metodología sólida, y un segundo nivel (INDIVIDUALIZADO) prestado por profesionales debidamente formados. Todo ello acompañado de servicios de apoyo personalizados para aquellas personas con dificultades para interactuar con herramientas digitales. El resultado es conocido: procesos costosos, poco escalables y con escaso impacto real. Justo lo contrario de lo que el contexto actual exige.

¿Y el coste? No es el problema. Lo es cuando la personalización sólo se consigue dedicando muchas horas de profesionales especializados. Hoy, la tecnología permite escalar los servicios, dotarlos de más calidad, y gestionarlos de forma eficiente y territorialmente equitativa. Recordaros que desde la Fundación Ergon venimos postulando desde hace ya 1 año que es necesario y perfectamente factible destinar un 5% de la “inversión” en políticas de empleo a la implantación de la IA en los procesos de Orientación.

Una última consideración: el tiempo juega en contra. Necesitamos impulsar la modernización del Sistema aprovechando las iniciativas que ya se están desarrollando desde la sociedad civil, desde las entidades sociales, desde el sector privado y del ecosistema de innovación. La colaboración entre los diferentes ámbitos que participan en el Sistema es otra de las “asignaturas pendientes” con un amplio recorrido de mejora. Una colaboración que debe de plantearse como una palanca más para transferir conocimiento, escalar soluciones y activar recursos que difícilmente surgirían desde las propias inercias públicas.

Ya existen referencias consolidadas -como el Mapa de Empleo de Fundación Telefónica, el Barómetro de Competencias de Pimec- pasando por las experiencias que se destacaron en la reciente convocatoria del Grupo de Empleabilidad de la AEF desarrolladas por organizaciones como: Cruz Roja, Fundación Once, Secretariado Gitano y las que llevan a cabo algunas CCAA. También por iniciativas a seguir de cerca, como los espacios de datos compartidos sobre empleo y formación (EmpleData desarrollado por la Fundación Ergon) o soluciones digitales de Orientación personalizada como EmpleApp (puesta en marcha por EasyKills)

Porque, conviene no olvidarlo: sin una orientación profesional universal y personalizada, las transiciones educativas y laborales se convierten en un factor más de desigualdad. Y de eso, francamente, ya tenemos demasiada.

PD: las reflexiones anteriores están inspiradas en las realizadas por Jordi Oliveras (DG de EasyKills y miembro del Consejo Asesor de la Fundación Ergon)