Hemos de ser conscientes que en materia de inmigración no estamos viviendo un “fenómeno”, vivimos una mutación estructural.
Y como todas las mutaciones profundas, no pide permiso, no espera consenso y no encaja bien en determinados marcos culturales establecidos. En poco más de dos décadas hemos pasado de ser un país relativamente homogéneo a convertirnos en una sociedad diversa en origen, cultura, lengua y trayectorias vitales. No es un matiz. Es un cambio de época. Y, sin embargo, seguimos analizándolo como si fuera un episodio puntual, una anomalía que hay que gestionar 0 contener.
Primer error. La inmigración no es un problema que debamos resolver. Es una condición de funcionamiento del sistema. Porqué mientras nos enredamos en un debate de identidades, miedos y consignas, la realidad, esa cosa tozuda, sigue avanzando por otro carril. Nuestro mercado de trabajo se sostiene hoy en gran medida, por la aportación de la población extranjera. Una aportación que no es sólo simbólica sino claramente operativa. No de forma simbólica. De forma operativa.
Más empleo. Más afiliación. Más cotizaciones. Más dinamismo. Sin el trabajo/empleo que hoy ocupan personas que consideramos como inmigrantes no hay milagro laboral reciente que valga.
Y aquí aparece la primera gran incomodidad: los datos no respaldan el ruido. La población extranjera no solo participa activamente en el empleo, sino que presenta tasas de ocupación superiores. Entre otras razones, porque es más joven, más móvil y más expuesta a aceptar condiciones que otros ya no aceptan. ¿Es eso un problema? Depende de cómo se mire. Si lo analizamos desde la lógica económica, es parte del engranaje. Si lo miramos desde la justicia social, abre preguntas incómodas. Pero lo que no es, en ningún caso, es el relato simplista de “carga” que algunos intentan instalar.
Segundo error. Envejecemos y lo hacemos muy rápido, probablemente demasiado. La pirámide poblacional no es una opinión: es una advertencia. Menos población activa, más presión sobre el sistema de pensiones, más necesidad de sostener los servicios que esta población demanda con una base contributiva que se estrecha.
En ese contexto, la inmigración no es opcional. Es estructural. Podemos debatir sobre volúmenes, ritmos, mecanismos de entrada o políticas de integración, pero mal le pese al algunos, lo que no podemos discutir es su necesidad. Porque entonces ya no estamos en el terreno del análisis. Estamos en el de la ficción. Y sin embargo parece que ahí estamos.
Tercer error. Estamos confundiendo gestión con relato que por otra parte estamos claramente abandonando. Mientras la economía integra, -con tensiones, pero finalmente integra, el debate público desintegra. Amplifica conflictos, exagera excepciones y convierte percepciones en certezas. Mientras tanto las redes sociales hacen el resto: velocidad, emocionalidad, punta del iceberg y ningún contexto.
El resultado no puede ser otro que una brecha creciente entre lo que ocurre y lo que se dice que ocurre. Entre lo que ocupa a la clase política y las preocupaciones y necesidades de los ciudadanos (inmigrantes o no). Lo ocurrido recientemente en un partido de la selección en la que se ha cantado en contra de los musulmanes cuando es reconocido que uno de los líderes de nuestra selección lo es, resulta claramente significativo.
En la calle, la convivencia es mayoritariamente funcional. En las empresas, la diversidad es ya parte del día a día. En muchos sectores, directamente, no hay alternativa. Sin embargo, en el plano político, la inmigración se ha convertido en uno de los principales vectores de polarización. Y eso no es casual. Es rentable. El problema no es la inmigración. Es el uso político de la inmigración.
Cuarto error: Creer que no interviniendo conseguimos que el sistema funcione. Aunque pueda incluso extrañarnos funciona incluso mucho mejor de lo era de esperar pero las grietas son evidentes. La existencia de bolsas de irregularidad, aunque menores que en otros países europeos, sigue siendo significativa. Los procedimientos de regularización son lentos, complejos y, en ocasiones, poco adaptados a la realidad del mercado de trabajo. A modo de ejemplo: El arraigo por formación, con potencial transformador, choca con una contradicción básica: pedir formación a quien necesita trabajar para sobrevivir. No es un fallo menor. Es un fallo de diseño.
Porque al final, y esto conviene no olvidarlo, los flujos migratorios no los determinan los discursos. Los determina el mercado. Las oportunidades reales. Las redes informales. La expectativa de vida. La política debería ordenar, canalizar o mejorar pero no debería ignorar esa lógica sin generar más problemas de los que pretende resolver.
Y aquí llegamos al punto clave. Vivimos en una situación paradójica: la inmigración funciona en la práctica y fracasa en la narrativa. Funciona porque sostiene sectores enteros, porque rejuvenece parcialmente la población activa, porque contribuye a la sostenibilidad del sistema y porque, en términos generales, termina integrándose sin los niveles de conflicto que algunos pronostican. Fracasa en el relato/narrativa por porque hemos permitido que el miedo, la simplificación y el oportunismo ocupen el espacio del análisis, la evidencia y la gestión inteligente.
Y eso tiene consecuencias. Porque una sociedad que no entiende lo que le está pasando es una sociedad que toma malas decisiones. Y si además convierte un activo en un problema acaba debilitándose a sí misma. Por ello creo que la pregunta no es si la inmigración es positiva o negativa sino ¿Queremos gestionarla o dejar que funcione sin control? a la que podríamos añadir una segunda ¿Queremos gestionarla como palanca estratégica de país o seguir utilizándola como arma arrojadiza de corto plazo?
Mientras tanto deberíamos de tomar consciencia de que la realidad no va a esperar que nos pongamos de acuerdo. Ya está aquí. Y ha venido para quedarse.
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