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En los últimos años, el debate sobre la reforma laboral de 2021 se ha concentrado en un indicador que, por sí solo, parecía resumir el éxito o fracaso de la norma: la tasa de temporalidad.

La reducción de los índices de contratación temporal ha sido notable y nos ha situado en una posición diferente a la que ocupábamos en el seno de la UE. Sin embargo, a medida que se acumulan evaluaciones rigurosas y evidencias empíricas, la discusión empieza a desplazarse hacia una cuestión más relevante: ¿ha mejorado realmente la calidad de las trayectorias laborales de los trabajadores?

Esa fue, precisamente, una de las ideas centrales que emergieron en el reciente workshop organizado por Fedea el pasado 09 de junio y accesible en Workshop “Evaluaciones de impacto de la reforma laboral” – Fedea Policy Blog dirigido a hacer una evaluación del impacto de la reforma laboral. Más allá de las cifras agregadas de contratación, el interés de los investigadores se está centrando en comprender qué está ocurriendo con la estabilidad efectiva del empleo, la formación, la productividad y las oportunidades de desarrollo profesional.

La conclusión parece clara. La reforma ha logrado reducir significativamente la temporalidad formal. La limitación de determinadas modalidades de contratación temporal y el impulso de fórmulas alternativas han cambiado de manera visible la estructura contractual de nuestro mercado del trabajo colocando a la temporalidad en los niveles medios de la UE. Esto supone una ruptura con una de las anomalías históricas de nuestro mercado de trabajo: una dependencia excesiva de contratos de corta duración y una elevada rotación laboral.

Sin embargo, la mera transformación de los contratos no resuelve automáticamente los problemas estructurales que nos han acompañado durante décadas. Y por ello Fedea se ha propuesto responder a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿ha desaparecido la temporalidad o simplemente ha adoptado nuevas formas?

El foco se dirige especialmente hacia los contratos fijos discontinuos y otras modalidades que, aunque formalmente indefinidas, pueden dar lugar a períodos prolongados de inactividad o a relaciones laborales menos estables de lo que sugieren las estadísticas. Esta cuestión no implica cuestionar los avances logrados, sino recordar que la verdadera medida del éxito de una reforma laboral no reside únicamente en la categoría jurídica de un contrato, sino en la realidad que éste puede llegar a esconder.

Desde esta perspectiva, la evaluación del mercado laboral entra en una nueva fase. Durante años, el debate se centró en cuántos contratos temporales existían. Hoy, la preguntas son mucho más complejas y ser refieren a: ¿Qué trayectoria laboral tienen las personas? ¿Acumulan experiencia de forma continua? ¿Pueden planificar proyectos vitales? ¿Tienen acceso a mejores salarios, formación y oportunidades de promoción?

Especialmente relevante resulta el caso de los jóvenes. España ha padecido durante décadas una elevada segmentación laboral que castigaba de forma particular a quienes se incorporaban por primera vez al mercado de trabajo. La sucesión de contratos temporales de corta duración generaba una situación de incertidumbre permanente que dificultaba la emancipación, la formación y la construcción de trayectorias profesionales sólidas. Los primeros indicios apuntan a que la reforma podría haber contribuido a mejorar esta situación. La estabilidad de entrada parece haber aumentado y las cadenas de contratación temporal se han reducido. No obstante, será necesario observar la evolución durante más tiempo para comprobar si estos cambios se traducen en trayectorias laborales más robustas y sostenibles.

Quizá uno de los aspectos más interesantes de las evaluaciones recientes es que empiezan a analizar efectos que van mucho más allá del propio mercado laboral. Tradicionalmente, las reformas laborales se evaluaban observando el empleo, el desempleo o los salarios. Ahora comienzan a explorarse impactos indirectos que pueden resultar incluso más relevantes a largo plazo.

Entre ellos destaca la formación proporcionada por las empresas. La lógica es sencilla: cuando una empresa espera mantener una relación laboral más estable con sus trabajadores, tiene mayores incentivos para invertir en su capacitación. Si esta hipótesis se confirma, estaríamos ante uno de los efectos más valiosos de la reforma. Una mayor inversión en formación no solo beneficia al trabajador; también impulsa la productividad, favorece la innovación y mejora la competitividad de las empresas.

Del mismo modo, se analiza si una mayor estabilidad laboral puede influir en decisiones económicas como: el acceso al crédito, el consumo o la planificación financiera. Son dimensiones menos visibles que la firma de un contrato, pero fundamentales para comprender el impacto real de una política pública sobre la vida de las personas.

Lo que he podido constatar, en la línea de los planteamientos que estamos formulando en la Fundación Ergon www.fundacionergon.org el debate sobre el impacto de la reforma laboral está evolucionando. Las cuestiones de fondo se centran en saber si está contribuyendo a construir un mercado laboral más estable, más productivo y con mejores oportunidades de desarrollo profesional a medio y largo plazo.

Aunque los primeros datos sugieren avances significativos, es necesario mantener una actitud de prudencia. Las transformaciones profundas rara vez pueden evaluarse únicamente a través de indicadores inmediatos. Lo verdaderamente importante será comprobar si los cambios observados hoy terminan traduciéndose en mejores trayectorias profesionales, mayor inversión en capital humano y una mayor seguridad económica para millones de trabajadores.

Ese es, probablemente, el verdadero examen que deberá superar la reforma en los próximos años. Y también la pregunta que debería guiar los debates sobre su impacto.