En este primer semestre de 2026 celebramos el quinto aniversario de la última Reforma Laboral y el tercero de la nueva Ley de Empleo.
Dos hitos que marcaron el inicio de un ciclo de transformación, pero también el recordatorio de que las leyes, por sí solas, no cambian la realidad si no cambian los modelos mentales que las sostienen.
Ambas reformas nacieron con una aspiración común: corregir deficiencias derivadas de la normativa anterior, adaptar la normativa a las nuevas realidades/necesidades, mejorar la gestión y reducir la precariedad estructural. La primera atacó las causas visibles —temporalidad, abuso de la subcontratación, debilidad de la negociación colectiva—. La segunda intentó ir a la raíz, redefiniendo el papel del empleo y apostando por un sistema más inclusivo, anticipatorio y basado en la activación de las personas. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que las reformas normativas avanzan más rápido que las transformaciones culturales e institucionales.
Equidad: más allá del acceso al empleo
Hablar hoy de equidad laboral es hablar de una justicia que va más allá de la igualdad de oportunidades. Significa preguntarse si el empleo sigue siendo el principal vector de integración social en un contexto donde crecen los trabajos atípicos, el autoempleo por necesidad y los algoritmos que deciden trayectorias laborales.
Los datos muestran progresos en estabilidad y en salarios, pero también una segmentación persistente por edad, género y nivel formativo. La equidad ya no se juega solo en el contrato, sino en el acceso a competencias, conectividad, salud mental y acompañamiento personalizado. La Ley de Empleo introdujo la idea de itinerarios integrales y servicios adaptados, pero la implementación práctica sigue dependiendo de estructuras pensadas para un mercado lineal que ya no existe.
Si algo nos enseña este quinto aniversario es que la equidad requiere establecer mecanismos que equilibren las ofertas de contratación en los diferentes mercados y entornos y rediseñar las infraestructuras de apoyo al empleo, desde los servicios públicos hasta los algoritmos de intermediación, bajo principios de transparencia, ética y datos compartidos. La inteligencia artificial, bien gobernada, puede convertirse en una aliada poderosa para corregir sesgos y anticipar vulnerabilidades. Pero mal utilizada, puede reproducir y amplificar la desigualdad con precisión matemática.
Dualidad: del contrato al ecosistema
Durante décadas, la dualidad del mercado laboral español se expresó en la brecha entre trabajadores temporales y fijos. Hoy, esa frontera se ha mutado formalmente (de contratos temporales a fijos discontinuos) aunque la realidad es resistente al cambio. Ya no separa solo contratos, sino mundos laborales: los protegidos con condiciones laborales estables y que además tienen acceso a datos, redes y aprendizaje continuo, y los que quedan atrapados en condiciones sin estabilidad, rutinarias y sin margen de progreso.
La Reforma Laboral redujo la temporalidad, pero no eliminó la dualidad, solo la desplazó. En la economía de plataformas, en los microcontratos tecnológicos o en la fragmentación de proyectos, emergen nuevas formas de inseguridad. No se trata ya de rigidez o flexibilidad, sino de cómo garantizamos transiciones seguras en un mercado en movimiento constante.
Necesitamos pasar de un modelo que distingue entre “empleados” y “demandantes” a otro que entiende el empleo como una trayectoria vital, intermitente, híbrida y acompañada. La dualidad solo se superará cuando las políticas activas, las empresas y los sistemas educativos compartan una visión común del talento como bien público y no como recurso a explotar.
Nuevo contrato social: trabajo, tecnología y sentido
La nueva Ley de Empleo abrió la puerta a un contrato social renovado, en el que la activación, la corresponsabilidad y la cohesión se reequilibran. Pero ese contrato aún está por firmar, porque implica algo más que políticas: exige una nueva narrativa sobre el valor del trabajo.
En un mundo donde la productividad la generan también los algoritmos, el contrato social del siglo XXI no puede seguir basándose solo en la relación asalariada. Requiere reconocer y proteger todas las formas de contribución social y económica, desde el cuidado hasta la creación digital, pasando por el aprendizaje a lo largo de la vida.
La IA, la automatización y los datos nos ofrecen herramientas para diseñar políticas más precisas, pero también nos obligan a redefinir lo que entendemos por empleo, esfuerzo y mérito. El reto no es adaptar a las personas a la tecnología, sino adaptar la tecnología al bien común.
Lo que nos queda por hacer
Cinco años después, hemos aprendido que la equidad no se decreta, la dualidad no se elimina sólo por una norma y el contrato social no se redacta en un despacho. Se construyen, día a día, en la interacción entre instituciones, empresas, interlocutores sociales y ciudadanía.
El nuevo ciclo que se abre exige valentía para innovar en lo organizativo, en lo educativo y en lo institucional. Exige un cambio cultural que puede y debe impulsarse desde las instituciones. Y ello supone implementar criterios y conceptos formativos y de aprendizaje que encajen con el nuevo contexto, incorporar el concepto de responsabilidad individual en la gestión de la empleabilidad además de ecosistemas de datos compartidos que permitan orientar mejor, anticipar riesgos y personalizar el apoyo, servicios de empleo que actúen como plataformas abiertas de talento. Y también exige empresas que asuman la corresponsabilidad social del empleo, más allá del cumplimiento formal.
Si de verdad queremos hablar de equidad en el mercado laboral, necesitamos un nuevo contrato social. Aquí no basta con nuevas normativas, necesitamos cambios culturales relevantes. No basta con reformas superficiales, necesitamos modificaciones conductuales estructurales y transparencia en su puesta en marcha. No se trata sólo de mejorar la situación de los trabajadores precarios, sino de cambiar algunas de las lógicas imperantes en el mercado de trabajo. La dualidad es un problema que sólo se resolverá con presión social, cambios culturales y regulaciones laborales inteligentes.
La Reforma Laboral y la Ley de Empleo fueron el principio de una transición. La próxima etapa será cultural, ética y tecnológica. Porque la equidad, la dualidad y el nuevo contrato social no son conceptos jurídicos: son decisiones colectivas sobre qué tipo de sociedad queremos ser.
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