Hay una categoría silenciosa que cada vez adquiere más relevancia social y de la que hablamos menos de lo deberíamos. No protagoniza grandes titulares, no ocupa el centro de los debates tecnológicos y rara vez aparece en las narrativas sobre el mercado de trabajo del futuro.
Me refiero a los millones de personas adultas con bajos niveles de cualificación y competencias que integran lo que denominamos como “desempleo estructural” personas que mientras hablamos de habla de inteligencia artificial, transición ecológica o digitalización, observan el futuro desde la periferia.
Y quizá ahí reside la gran contradicción de nuestro tiempo. Nunca habíamos hablado tanto de talento y nunca habíamos desaprovechado tanto talento oculto.
El reciente análisis europeo sobre este colectivo deja algo claro: el problema no es únicamente educativo ni exclusivamente laboral. Es estructural. Porque cuando hablamos de personas con baja cualificación solemos imaginar perfiles homogéneos, casi estereotipados. Pero la realidad es mucho más compleja. No se trata solo de personas sin formación, también hablamos de trabajadores atrapados en empleos elementales, personas con competencias infrautilizadas, profesionales expulsados de sectores en transformación o de los que nunca tuvieron oportunidad de actualizar sus habilidades en un entorno que cambia demasiado rápido.
Vivimos en una paradoja inquietante. Por un lado, las empresas alertan de escasez de talento y dificultades para cubrir determinadas posiciones. Por otro, millones de personas permanecen fuera del mercado laboral o atrapadas en actividades de bajo valor añadido. Dos realidades que conviven sin tocarse. Como si el mercado laboral hubiera dejado de ser un espacio de integración para convertirse en un sistema que selecciona cada vez más rápido a quienes pueden seguir el ritmo… y aparta silenciosamente al resto.
La pandemia aceleró esta fractura. Después llegó la crisis energética. Y ahora la automatización y la inteligencia artificial están redefiniendo tareas, profesiones y sectores enteros. En este contexto, las personas con menores competencias (que no tienen que ser aquellas con menores niveles formativos) son las más vulnerables. No sólo porque tienen más riesgo de perder el empleo, sino porque tienen menos capacidad para reengancharse cuando lo pierden. El problema ya no es únicamente acceder al mercado laboral. El verdadero desafío es permanecer en él.
Y aquí aparece uno de los grandes errores de nuestras políticas públicas: seguimos tratando la formación como una etapa y no como un derecho permanente. Hemos construido sistemas educativos pensados para el inicio de la vida laboral, no para acompañar trayectorias profesionales largas, discontinuas y cambiantes. El resultado es evidente: quienes más formación continua precisarían son quienes menos acceden a ella.
Existe además un componente psicológico y social del que hablamos poco. Muchas personas adultas con baja cualificación no solo enfrentan barreras técnicas, también cargan con experiencias acumuladas de fracaso, inseguridad o desconfianza hacia las instituciones. La orientación profesional tradicional ya no basta. Necesitamos sistemas de acompañamiento mucho más personalizados, capaces de reconstruir confianza además de competencias. Precisamente esta es una de las conclusiones más relevantes del análisis que estamos realizando en la 2ª Edición de las Propuestas Ergon para la mejora de la gestión del mercado de trabajo. Porque la exclusión laboral no empieza cuando alguien pierde el empleo. Empieza mucho antes, cuando deja de sentirse capaz de adaptarse al futuro.
El documento elaborado por CEDECOP cuya referencia encontraréis al final de estas reflexiones apunta, desde mi punto de vista acertadamente, algunas líneas de actuación: reforzar el aprendizaje permanente, desarrollar competencias básicas y digitales, reconocer aprendizajes previos, mejorar la orientación profesional y promover empleos de mayor calidad. Todo ello es necesario. Pero quizá todavía insuficiente si seguimos pensando desde las categorías del pasado.
La verdadera cuestión no es únicamente cómo formar mejor a las personas vulnerables. La pregunta incómoda es otra: ¿estamos diseñando un mercado laboral capaz de integrarlas?
Porque podemos hablar de reskilling, microcredenciales o competencias digitales, pero si el sistema sigue premiando únicamente trayectorias lineales, hiperadaptabilidad y disponibilidad constante, millones de personas seguirán quedando atrás. Y no por falta de valor, sino porque las reglas del juego se han vuelto demasiado exigentes para quienes parten desde posiciones más frágiles.
Nuestras sociedades envejecen como consecuencia de dos hitos complementarios pero que actúan en la misma dirección: Los bajos índices de natalidad y el incremento de la esperanza de vida. La escasez de mano de obra ya no es una hipótesis futura, es una realidad presente. Y sin embargo seguimos desaprovechando enormes bolsas de talento potencial. Personas que podrían seguir aportando si existieran mecanismos más inteligentes de transición, adaptación y acompañamiento. Personas que no necesitan solo de los sistemas de protección social, sino oportunidades reales de reconexión con el mercado laboral.
Aquí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve profundamente cultura y estratégico (político). Porque integrar a las personas con baja cualificación no es sólo una cuestión de eficiencia económica. Es una cuestión de cohesión social. De estabilidad democrática. De dignidad.
Por eso necesitamos cambiar la lógica. Pasar de políticas pasivas y burocráticas a modelos dinámicos de activación y acompañamiento. Utilizar datos para anticipar riesgos de exclusión. Crear sistemas interoperables de competencias. Diseñar itinerarios personalizados apoyados en inteligencia artificial y orientación humana. Y, sobre todo, asumir que el aprendizaje permanente no puede seguir siendo un privilegio de quienes ya tienen más capital cultural y profesional.
El futuro del trabajo no se decidirá únicamente en los laboratorios tecnológicos ni en las grandes corporaciones. También se decidirá en la capacidad que tengamos para integrar a quienes hoy observan la transformación desde la distancia y la incertidumbre. Si una parte creciente de la población percibe que el futuro no tiene lugar para ella, el problema deja de ser laboral. Se convierte en un problema de contrato social.
Porque quizá el verdadero indicador de éxito de una sociedad no sea cuánta innovación genera. Sino cuántas personas consigue no dejar atrás.
PD… este texto se ha escrito como consecuencia de la lectura del informe elaborado por el CEDECOP Skill development and employment pathways for adults with low skill levels accesible en 5620_en-1.pdf
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