En realidad, muchas de las conversaciones que están emergiendo en espacios como el Talent Arena no giran solo alrededor de la inteligencia artificial.
Lo que aparece entre líneas es algo más profundo: la sensación de que estamos entrando en una transición en la forma en que las organizaciones producen conocimiento y valor. Y cuando cambia la arquitectura de la inteligencia dentro de una economía, no solo cambian las herramientas. Cambian también las profesiones, las instituciones y las reglas del juego del trabajo.
Pero quizá la idea más provocadora que flotó en el ambiente del Talent Arena tuvo que ver con el mercado de trabajo. Durante años, el debate público ha estado dominado por una pregunta recurrente: si la inteligencia artificial va a eliminar la necesidad del trabajo humano.
Sin embargo, lo que empieza a percibirse en muchos entornos profesionales es que la división que está emergiendo es otra. No tanto entre humanos y máquinas, sino entre personas que saben trabajar con inteligencia artificial y personas que no. Mientras los primeros son capaces de utilizarla para amplificar notablemente su capacidad y productividad, los segundos se dedican a competir contra sistemas que cada vez serán más capaces. El debate surge cuando lo que se intenta evaluar es el impacto que este proceso puede tener en el volumen de empleo disponible y en la necesidad de articular medidas sociales complementarias que hagan que este impacto sea “digerible” por nuestras estructuras sociales.
Aunque finalmente consiguiéramos implementar medidas paliativas que redujeran su impacto no vamos a poder impedir que se produzca una redistribución profunda del valor del talento.
En resumen, si algo ha conseguido transmitirme el ambiente vivido en el Talent Arena es la de que la inteligencia artificial no es simplemente una nueva tecnología que se añade a las anteriores. Es una transformación que afecta simultáneamente a la forma de trabajar, a la organización de las empresas, a la producción de talento y a la propia arquitectura del mercado laboral. La distancia entre quienes sepan integrar estas herramientas en su trabajo y quienes no lo hagan puede convertirse en una de las nuevas líneas de desigualdad del mercado laboral.
Un proceso que ya estamos viviendo en estos momentos, aunque no seamos muy conscientes de ello. Y como suele ocurrir en todas las grandes transiciones tecnológicas, el mayor riesgo no parece estar en la tecnología en sí misma. El mayor riesgo está, como ya he indicado anteriormente, en los factores culturales que impregnan el marco mental en el que vivimos. Podéis acceder a estos argumentos en http://Transformación, cambio formal y cambio real
Quizá dentro de unos años descubramos que la gran transformación que hoy vivimos no tenía tanto que ver con la aparición de nuevos modelos de inteligencia artificial, sino con algo más profundo: el momento en que la inteligencia dejó de ser un recurso exclusivamente humano dentro de las organizaciones. Y cada vez resulta más evidente que la verdadera pregunta ya no es tecnológica. La pregunta clave es la de ¿Quién será capaz de adaptarse a estas nuevas formas de inteligencia?
Porqué conviene que tengamos presente que no estamos viviendo un cambio en las herramientas, sino en los roles, las profesiones y la forma en que se produce el conocimiento.
Repasemos el mensaje: Tal vez el mayor error que estamos cometiendo al hablar de inteligencia artificial es pensar que estamos ante una revolución tecnológica. En realidad, estamos ante algo más incómodo: una revolución organizativa, educativa y cultural que nos obliga a replantear cómo trabajamos, cómo aprendemos y cómo producimos valor. La tecnología ya está aquí aunque todavía esté en discusión si nosotros mismos y nuestras instituciones y organizaciones están preparadas para convivir con ella. Porque la historia de la innovación es bastante clara en algo: las innovaciones (y claramente las de carácter tecnológico) rara vez esperan a que las personas e instituciones nos pongamos al día.
Y por ello el debate que emerge en espacios como el Talent Arena no es sólo sobre inteligencia artificial. Es sobre instituciones, modelos educativos y estructuras organizativas que fueron diseñadas para otras realidades sociales y económicas. La tecnología avanza a gran velocidad, pero las organizaciones, los sistemas formativos y muchas políticas públicas siguen moviéndose con inercias mucho más lentas. Y en todas las revoluciones tecnológicas suele repetirse el mismo patrón: no desaparecen primero las actividades, roles y profesiones, desaparecen antes los modelos que se niegan a evolucionar.
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