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Finalizaba el primer post de esta serie intentando analizar cuáles son los factores más relevantes que influyen en el impacto que el Covid19 tendrá en nuestro mercado de trabajo.

Un post accesible en http://pauhortal.net/blog/eficiencia-y-mercado-de-trabajo/ y el que formulo la hipótesis argumento que tales efectos van a estar básicamente condicionados de una parte por la duración de la pandemia y la profundidad de la crisis sanitaria y de otra por nuestra capacidad para incorporar elementos de eficiencia en la gestión de nuestro mercado de trabajo.

Siguiendo lo expuesto por Rafael Domenech en su intervención ante el Congreso de los Diputados (accesible a través del link que aparece en el último párrafo de este post), constatamos que la rigidez e ineficiencias de nuestro mercado es consecuencia de nuestro modelo económico, la existencia de un tejido empresarial basado fundamentalmente en Pymes y la presencia de una cultura y una regulación poco adaptadas a las nuevas realidades.  

Un ejemplo. la estructura de nuestro tejido productivo, y los factores culturales son los condicionantes de que hayamos tradicionalmente dado prevalencia y preferencia a los procesos de reestructuración basados en extinciones de contratos (empezando por los contratos de carácter temporal) frente a otras fórmulas menos traumáticas como los ajustes de salarios o modificaciones de la jornada, suspensiones temporales etc. Nuestro país fué “el único (…) de la UE en el que entre 2007 y 2012 se observó simultáneamente una disminución en el empleo y un aumento de las horas trabajadas por ocupado. En 2012 había menos trabajadores ocupados que en 2007, pero trabajando más horas individualmente”. O lo que es lo mismo un incremento de lo que denominamos dualidad y que sólo es una muestra más de la desigualdad presente en nuestro mercado de trabajo.


«Esta dualidad/segregación basada entre otros en la relevancia del factor temporalidad nos genera costes “en términos de productividad, tanto individual como agregada»


«En primer lugar, porque la naturaleza transitoria del contrato temporal reduce los incentivos de empresas y trabajadores a invertir en formación (específica y general), (…) En segundo lugar, porque el menor coste relativo del empleo temporal frente al indefinido da lugar a una estructura productiva en la que predominan las actividades para las que la temporalidad se adapta mejor, al tiempo que perjudica a aquellas más intensivas en capital humano, físico y tecnológico, que requieren de un empleo estable y trabajadores cualificados,”. Como es perfectamente constatable todo ello tiene efectos negativos en variables tan diversas como los déficits en los procesos de formación y adaptación continua de los trabajadores, el retraso en los decisiones de maternidad, la baja tasa de natalidad o los frenos a la movilidad geográfica.

Los datos no mienten. La temporalidad se centra en los colectivos con mayores dificultades de acceso al mercado de trabajo (jóvenes, no cualificados) que por otra parte son los que tienen niveles salariales más bajos. Todo ello no hace más que retroalimentar una cultura laboral perversa y claramente ineficiente que “lleva décadas asentada y cambiarla no será fácil” y que es la base para que las reestructuraciones se fundamenten en los procesos de resolución de contrato (como ya hemos analizado), la inexistencia de una regulación específica y razonable para atender a lo que denominamos “nuevos formatos laborales” y a la relación entre formación/aprendizaje y empleo.

En nuestro caso todos estos aspectos se suman al hecho de que somos el país de la UE con mayor fracaso escolar y con mayores índices de abandono del sistema educativo. “Una de las debilidades del mercado de trabajo en España ante el reto de la revolución digital es que un 35% de la población adulta entre 25 y 34 no alcanza niveles de formación por encima del ciclo inferior de la educación secundaria”. Un porcentaje que, una vez más, supone doblar el ratio medio de la UE situado normalmente en niveles inferiores al 15%. “Esto significa que la economía española tiene un porcentaje muy elevado de trabajadores con un nivel de cualificación bajo”. Y una realidad que debería de estar claramente en el centro de las Políticas Activas de Empleo. De igual forma no podemos olvidar que, a menudo, muchas organizaciones no sean capaces de encontrar a los candidatos adecuados para cubrir sus necesidades. Una circunstancia que está producida tanto por los déficits formativos descritos como por la falta de movilidad profesional de los posibles candidatos.


Nuestro mercado de trabajo «sigue requiriendo mejoras de eficiencia y equidad, para que sea más flexible y seguro, para reducir la temporalidad, el desempleo estructural y el paro de larga duración”


Puede parecer una contradicción pero no lo es. Probablemente la derogación de la Reforma Laboral del 2012  (si se llega a producir) sea un error que supone reincidir en los factores que estamos analizando. “La política económica debe generar certidumbres, confianza y consensos para que las empresas mantengan y creen empleo».

En cualquier caso, los cambios en el mercado de trabajo deben ser complementarios a la adopción de reformas en otros ámbitos como en sistema educativo y la formación continua. Aunque no deberíamos de olvidarnos de otros temas como: la mejora de la eficiencia de las administraciones públicas, el incremento de la competencia et. Deberíamos de ser capaces de crear «un ecosistema productivo y clima de negocio que sea lo más favorable posible a la innovación, la inversión y creación de empleo de calidad”.

En el ámbito formativo es evidente que al margen de la relevancia del fracaso escolar (ya mencionado) uno de nuestros grandes déficits reside en la falta de relación entre los procesos de formación/aprendizaje con la realidad del mercado de trabajo. Necesitamos desarrollar nuevas competencias y los procesos formativos (como mínimo los de carácter reglado) parecen más centrados en contenidos que pueden incluso resultar obsoletos que en dotar a los alumnos les de las capacidades para afrontar un futuro incierto, empezando por las de carácter digital. Las políticas públicas deberían centrarse en ofrecer programas y contenidos que desarrollen las competencias transversales ajustadas a las necesidades del mercado de trabajo presente (real) y futuro (predecible). 

Nota final: Los contenidos de este post, al margen de las referencias específicas ya detalladas, están inspirados (aunque no tengan que ser necesariamente coincidentes) con los argumentos formulados por Rafael Doménech en la intervención que hizo el 05 de Junio del 2020 en la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica Congreso de los Diputados. Una intervención accesible en https://www.youtube.com/watch?v=zhz0hhpnohg&ab_channel=KiokuTV