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Siguiendo con los planteamientos de Harari, la segunda elección y por tanto causa del desaprendizaje que debemos de afrontar es la que resulta de la elección entre aislamiento nacionalista y la solidaridad mundial.

Y os recuerdo que baso mis análisis en los criterios que Yuval Noah Harari formula en el un artículo publicado en la Vanguardia accesible en https://www.lavanguardia.com/internacional/20200405/48285133216/yuval-harari-mundo-despues-coronavirus.htmlTambién puedo recomendaros que dediquéis unos minutos a ver la entrevista que Carlos Basté le efectúa dentro de la serie de TV3 “No pot ser” accesible en _________________ (es en ingles con subtítulos en catalán, pero perfectamente comprensible).

Al respecto del dilema entre aislamiento y solidaridad es una certeza total que tenemos mucho camino por recorrer. Un camino que no será fácil como ha mostrado la falta de respuesta coordinada de las naciones que integran la UE. La resistencias al cambio entendidas conforme a la formula referida en el tercer post de esta serie han sido muy elevadas aunque algunos pasos hemos dado y algunos de caracter probablemente irreversible. Y me estoy refiriendo a los de comunicación e información entre los investigadores y médicos.

Los problemas con los que nos enfrentamos “solo pueden resolverse eficazmente mediante la cooperación mundial. En primer lugar, para derrotar el virus necesitamos ante todo compartir globalmente la información. Es la gran ventaja de los seres humanos sobre los virus. Un coronavirus en China y un coronavirus en Estados Unidos no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a los humanos. Sin embargo, China puede enseñar a Estados Unidos muchas lecciones valiosas sobre los coronavirus y cómo tratarlos. Lo que un médico italiano descubre en Milán a primera hora de la mañana puede salvar vidas en Teherán por la tarde” En otras palabras “cuando el gobierno del Reino Unido duda entre diversas políticas, puede obtener consejo de los coreanos que ya se enfrentaron a un dilema similar hace un mes”. Pero como es claramente constatable que “para que eso suceda, necesitamos un espíritu de cooperación y confianza mundial”.


Una cooperación y confianza que es probable que se haya generado hasta niveles elevados (aunque no todavía totales) dentro de la clase técnica, (profesionales de la medicina, de la epidemiología, etc) pero sobre los que quedan mucho camino por recorrer en los entornos políticos.


“Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma abierta y buscar humildemente asesoramiento, y ser capaces de confiar en los datos y las ideas que reciben.. También necesitamos un esfuerzo mundial para producir y distribuir equipos médicos. (….) el esfuerzo mundial coordinado aceleraría enormemente la producción de equipos susceptibles de salvar vidas y aseguraría una distribución más justa. Así como los países nacionalizan sectores clave durante una guerra, la guerra humana contra el coronavirus nos exige que “humanicemos” las cadenas de producción cruciales”. Y lo que es válido para las máquinas y los medicamentos también debería de ser aplicable a las personas. “Los países hoy menos afectados podrían enviar personal médico a las regiones más afectadas del mundo, tanto para ayudarlos en sus momentos de necesidad como para adquirir una valiosa experiencia. Si más adelante el foco de la epidemia se desplaza, la ayuda podría empezar a fluir en la dirección opuesta”.

La cooperación mundial es esencial también en el frente económico. Dada la naturaleza global de la economía y las cadenas de suministro, si cada gobierno obra por su cuenta haciendo caso omiso de los demás, el resultado será el caos y el agravamiento de la crisis. Necesitamos un plan de acción mundial, y lo necesitamos sin tardanza.

Sin embargo como hemos podido constatar en lo vivido en los últimos meses «los países apenas toman hoy alguna de esas medidas. Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. No parece que haya adultos en la sala. La celebración de una reunión de emergencia de los dirigentes mundiales para trazar a un plan de acción común habría sido deseable hace ya muchas semanas. Sólo a mediados de marzo lograron los dirigentes del G-7 organizar una videoconferencia, sin que por otra parte saliera de ella ningún plan en ese sentido”.


«Debemos tomar una decisión. ¿Viajaremos por la senda de la desunión o tomaremos el camino de la solidaridad mundial?»


Elegir la desunión no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro. Elegir la solidaridad mundial no sólo será una victoria contra el coronavirus, sino también contra todas las futuras crisis y epidemias que puedan asolar a la humanidad en el siglo XXI.

Nos queda mucho por desaprender en este ámbito. Un ámbito en el que además es vital para afrontar el reto del cambio climático. Toda crisis es al mismo tiempo una oportunidad. Debemos esperar que la pandemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del peligro que supone la desunión.