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La reciente entrevista de Iván Redondo en RAC1 (realizada como consecuencia de la publicación de su libro El Manual) ha generado numerosos titulares vinculados a la evolución del escenario institucional español.

Sin embargo, más allá de sus declaraciones sobre contenidos de la actualidad política, su contenido invita a una reflexión de mayor alcance sobre uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la capacidad de nuestras instituciones para construir consensos duraderos en un entorno cada vez más complejo y fragmentado.

La cuestión no es menor. Afrontamos hoy de forma simultánea transformaciones profundas derivadas de la revolución tecnológica, los cambios demográficos, la transición ecológica, la evolución de los mercados laborales y las nuevas dinámicas geopolíticas. Se trata de retos que exceden ampliamente el ciclo electoral y que exigen una capacidad de planificación y cooperación institucional poco habitual en un contexto dominado por la inmediatez.

En este sentido, una de las ideas claves en la reflexión de Redondo resulta especialmente relevante: las democracias maduras no se definen únicamente por su capacidad para gestionar conflictos, sino también por su capacidad para superarlos y generar nuevas etapas de estabilidad y progreso compartido.

Esta idea conecta directamente con uno de los criterios que impulsamos desde la Fundación Ergon www.fundacionergon.org en el sentido de mejorar los mecanismos de gobernanza del Sistema de Empleo como elemento clave para abordar con éxito las grandes transformaciones del empleo y del modelo productivo desde una perspectiva de largo plazo.

La experiencia internacional demuestra que los países que mejor afrontan los procesos de cambio estructural son aquellos que han conseguido construir espacios estables de diálogo entre administraciones, empresas, trabajadores, expertos y sociedad civil. No porque eliminen las diferencias de intereses, sino porque son capaces de generar acuerdos suficientemente sólidos para orientar la acción colectiva durante periodos prolongados.

Sin embargo, nosotros seguimos con la tendencia a abordar muchos de los grandes desafíos desde una lógica excesivamente coyuntural. Y ello nos impide abordar realidades como la adaptación de las competencias profesionales, la formación continua, el envejecimiento de la población activa, la integración de la inteligencia artificial en el trabajo o la sostenibilidad de los sistemas de protección social. Unas realidades que paralelamente requieren sostenidas durante años, incluso décadas y por tanto no pueden resolverse mediante respuestas improvisadas o políticas diseñadas exclusivamente para el corto plazo.

Por ello, quizás una de las principales lecciones que podemos extraer del actual momento político es la necesidad de recuperar la cultura de los acuerdos orientada a las grandes prioridades. No se trata de reclamar unanimidades imposibles ni de diluir el pluralismo, sino de identificar ámbitos en los que el interés general exige estabilidad, previsibilidad y continuidad. Y el futuro del trabajo y su gestión es uno de los más relevantes.

La transformación tecnológica ya está modificando ocupaciones, competencias y modelos organizativos. La longevidad está alterando las trayectorias profesionales tradicionales. La competencia global por el talento se intensifica. Al mismo tiempo, las personas demandan empleos de mayor calidad, oportunidades de aprendizaje permanente y una mejor conciliación entre desarrollo profesional y bienestar personal.

Responder adecuadamente a estos desafíos exige algo más que reformas aisladas. Requiere visión estratégica compartida lo que supone plantearse y responder a la pregunta sobre cómo construir las capacidades institucionales necesarias para afrontar con éxito la próxima década.

Una agenda para reforzar las capacidades institucionales

Si hubiera que extraer algunas conclusiones prácticas de esta reflexión, podrían resumirse en cinco prioridades:

Primera, fortalecer las capacidades de prospectiva y anticipación en todas las administraciones públicas.

Segunda, incorporar más conocimiento experto y análisis basado en evidencia en los procesos de decisión.

Tercera, mejorar los mecanismos de coordinación entre administraciones y entre los sectores público y privado.

Cuarta, desarrollar sistemas rigurosos de evaluación de políticas públicas que permitan aprender de la experiencia y corregir errores.

Quinta, construir espacios permanentes de diálogo sobre los grandes desafíos nacionales, especialmente aquellos relacionados con el empleo, la gestión del talento, los sistemas de protección y la cohesión social.


La competitividad económica, la cohesión social y la calidad democrática dependen, en gran medida, de nuestra capacidad para generar acuerdos que  permitan impulsar transformaciones sostenidas en el tiempo.


Porque los grandes avances colectivos rara vez nacen de la confrontación permanente. Suelen surgir cuando una sociedad es capaz de mirar más allá de las urgencias inmediatas y concentrar sus esfuerzos en construir futuro. Es claro que nos queda mucho camino que recorrer y mucho que cambiar en las actitudes de nuestros líderes políticos tomando en cuenta que este es, probablemente, uno de los retos más importantes que tenemos que afrontar hoy.

PD… Los argumentos incorporados están basados en mis propios criterios personales reforzados por los que Ivan Redondo hace en la entrevista del programa Versió RAC1 de fecha 16/06/2026 accesible en el link https://www.rac1.cat/a-la-carta/cerca?text=entrevista%2520amb%2520Ivan%2520Redondo&programId=&sectionId=&site=xalok