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Hay cuestiones que no caducan. Atraviesan los años, cambian de contexto, se disfrazan de nuevas palabras, pero siguen apuntando al mismo lugar. ¿Seremos capaces?

Y evidentemente me refiero a nuestra capacidad para superar los retos que nosotros mismos nos ponemos por delante y asegurar la continuidad y el desarrollo de la especie humana.

Hace más de una década (2013) la pregunta surgió en medio de una crisis económica que parecía no tener suelo. Hoy el escenario es distinto, -más complejo, más sofisticado, más tecnológico, más global-, pero la incertidumbre sigue ahí, como una corriente de fondo que no termina de desaparecer. Entonces esperábamos un punto de inflexión, ahora convivimos con la idea de que no habrá un sólo item sino una sucesión de ajustes. Quizá ese sea el primer aprendizaje. El cambio ya no es un momento. Es un estado.

Recuerdo la idea que Rafael Pampillón formulaba hace ya muchos años con la claridad de lo esencial: toda economía aspira a cuatro equilibrios, -crecimiento, empleo, estabilidad de precios y equilibrio exterior-. Cuatro pilares. Cuatro promesas. Sobre el papel, todo encaja. Pero la realidad siempre se resiste a la geometría perfecta.

Hoy seguimos hablando de crecimiento, pero….. vivimos en un momento que muchos consideramos de involución y de vuelta al pasado, estamos asistiendo a conflictos que tienen sin duda un impacto global, a escenarios económicos tremendamente volubles y volátiles mientras seguimos sin preocuparnos y ocuparnos de los retos que tenemos como especie: calentamiento global, alargamiento de la esperanza de vida, desigualdades crecientes, falta de gobernanza global etc.

Mientras en lo que se refiere a nuestro entorno más cercano el ruido político no sólo se mantiene, sino que sigue creciendo, el empleo se recupera, sí, pero no siempre con la calidad que imaginábamos, las desigualdades sociales se están consolidando, el problema de la vivienda ha explotado…. Nada está roto del todo. Pero nada está completamente en su sitio. Durante años, una parte importante de nuestra economía se sostuvo sobre estructuras que hoy ya no pueden cumplir el mismo papel. No es una cuestión de nostalgia. Es una cuestión de límites. Hay cosas que no vuelven. Y aceptar eso siempre duele un poco más de lo que estamos dispuestos a admitir

Mientras tanto, algunos países, comunidades y personas avanzan. No porque hayan encontrado una fórmula mágica, sino porque entendieron antes que el problema no era coyuntural. Que no bastaba con resistir. Que había que cambiar: de modelo, de mentalidad, de prioridades. Y ahí es donde la historia se vuelve incómoda, porque cambiar de modelo no es solo mover recursos, supone aprender a renunciar: a lo que no funcionó. A lo que dio resultados. A lo que, durante un tiempo, nos dio una seguridad y una esperanza de alcanzar un futuro mejor.

Hablamos con frecuencia de economía del conocimiento, de innovación, de internacionalización. Palabras que suenan bien, que encajan en discursos, que dibujan futuros posibles. Pero hay algo que rara vez se dice en voz alta. En lo relativo a los criterios culturales y los modelos mentales de las personas parece que no estamos avanzando sino damos claros pasos hacia atrás. Los verdaderos desafíos no estaban en 2013 en la salida de la crisis y ahora en superar los conflictos políticos y avanzar en una gobernanza mundial adaptada a las realidades del siglo XXI. Están en decidir sobre que queremos ser después. Y esa decisión -colectiva, profunda, incómoda- sigue pendiente.

Por qué no se trata solo de saber más. Se trata de pensar distinto, de pasar de una lógica de protección a una lógica de creación. De desarrollar la capacidad de resilencia del ser humano. De establecer objetivos de futuro. De depender a construir. Y esto no es cuestión de legislación ni de normativa. Se trata de un proceso que comporta grandes dosis de aprendizaje/desaprendizaje dirigido a facilitar a los seres humanos la capacidad de acumular nuevos conocimientos, habilidades y competencias que les ofrezcan la capacidad de dar respuesta a las nuevas realidades. Porque ese es el punto ciego de muchas transformaciones. No la falta de oportunidades. Sino la dificultad para reconocerlas… y aprovecharlas.

Y ahí es donde la pregunta vuelve. No como diagnóstico, sino como responsabilidad. ¿Seremos capaces? Entendiendo que ser capaces no significa acertar siempre. Significa entender que no hay vuelta atrás. Que no existe un lugar al que regresar donde todo vuelva a encajar como antes. Significa asumir que la estabilidad, tal como la conocíamos, era una excepción. No una norma. Ser capaces es aceptar que el futuro no se crea por deseo, ni por decreto, ni por inercia. Se genera con el esfuerzo y el compromiso de todos en un entorno de responsabilidad individual y colectiva que hoy no parece que estemos dispuestos a asumir. Depende de todos nosotros: de nuestra capacidad de aprendizaje, de adaptación y de resilencia.

Hay señales que invitan al optimismo. Personas que se reinventan sin hacer ruido. Organizaciones que innovan y apuestan cuando no es evidente. Ideas que encuentran espacio donde antes no lo había. Pero también hay dudas, inercias y resistencias. Y, sin embargo, el futuro no espera. Avanza. A veces despacio. A veces de golpe. Pero siempre hacia delante.

Quizá por eso la pregunta no debería ser si seremos capaces. Sino cuándo decidiremos serlo. Porque la capacidad, en el fondo, no es solo una cuestión de recursos. Es una cuestión de voluntad.