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Estamos asistiendo, aunque no seamos muy conscientes de ello, a un contexto en el que en materia de trabajo/empleo muchas certezas del siglo XX colapsen definitivamente -y lo harán sin pedir permiso-. Pronto nos encontraremos con una evidencia: la de que la pregunta ¿en que vamos a trabajar?, pierde sentido para ser sustituida por “qué sentido tendrá hacerlo?

 

Y eso, por incómodo que suene, marcará una frontera entre quienes entienden el trabajo/empleo como una obligación y los que lo vivan como el sistema que ha sido la clave de la cohesión y la existencia social desde los inicios de la revolución industrial.

 

Porque el empleo, tal y como lo conocimos, está mutando. No por decreto ni por efectos de una normativa laboral, sino por una recombinación profunda entre inteligencia artificial, datos, propósito y vulnerabilidad humana. 2026 será el inicio constatable de un punto de inflexión: cuando los algoritmos impacten en muchos roles tradicionales, cuando los robots sustituyan al trabajo humano y cuando la IA tenga una intervención directa, con más o menos objetividad y transparencia, y decida quién merece acceder a las oportunidades laborales que ofrezca el mercado de trabajo.

 

El algoritmo como nuevo intermediario

Hasta ahora, el empleo tenía tres mediadores: las empresas, los servicios públicos y los portales de búsqueda. En 2026 el mediador ha empezado a ser un algoritmo. Y no estoy haciendo ciencia ficción. Ya en 2025, los sistemas de IA generativa empezaron a construir perfiles de competencias dinámicos y a traducir CVs en “modelos predictivos de empleabilidad”. En 2026, esos sistemas empezarán a estar integrados en las plataformas más conocidas, en las apps de intermediación laboral, y en los espacios de datos de empleo.

El efecto será ambivalente: Por un lado, una amenaza de exclusión invisible, porque quien no esté conectado al sistema de datos simplemente no existirá para el mercado. Por otro, la presencia de ATS (sistemas de gestión de talento automatizado) que son cada vez más utilizados como soporte a los procesos de reclutamiento y selección. También por la posibilidad de acceder a unos servicios de orientación cada vez más personalizados y soportados en herramientas digitales, donde cada persona tendrá la opción de acceder a itinerarios formativos y laborales basados no en elementos formales (formación, titulación etc.) sino en sus capacidades reales, su trayectoria y sus competencias. La desigualdad laboral empezará a computarse no sólo por el acceso al empleo sino por el acceso al dato.

 

 

Los nuevos empleos (y los que no lo parecen)

2026 consolidará un cambio silencioso: los empleos no desaparecerán, se transformarán y en algunos casos se desintegrarán. No habrá una gran extinción laboral, sino una disolución progresiva de tareas en flujos automatizados. Los sectores más afectados no serán los que puedan parecer obvios -manufactura o transporte-, sino los de cuello blanco: funciones administrativas, bancarias, de atención al cliente, de gestión de proyectos, incluso posiciones de liderazgo. La automatización ya no sustituye operarios; sustituye mediadores.

Pero, al mismo tiempo, (he preguntado a la IA) sobre cuáles van a ser los nuevos roles laborales y la lista que me propone es surrealista e imposible de clasificar con las nomenclaturas tradicionales: curadores de prompts, entrenadores de IA, sintetizadores de conocimiento, facilitadores de transición profesional (esto sí que me suena), arquitectos de espacios de datos sectoriales (¿debería?), mediadores humanos en procesos automatizados.

En todo caso el proceso que ya estamos viviendo y que se va a empezar a consolidar en los próximos meses no es “solo el qué” sino “el para quién” vamos a trabajar dado que día a día los empleos se fragmentan en comunidades de propósito, proyectos distribuidos y ecosistemas interdependientes. Trabajar ya no será pertenecer a una empresa, sino formar parte de una red. No sé muy bien, o la IA está loca… o el que estoy loco soy yo.

 

El nuevo pacto laboral: confianza, reputación y trazabilidad

En el futuro (y 2026 ya es el futuro) el contrato de trabajo será una pieza secundaria. Lo central será la empleabilidad, la reputación digital y la trazabilidad de competencias. Y ello supone que ya podemos ir preparándonos para disponer de un gemelo digital que certificará en tiempo real (blockchain) cuáles son nuestras competencias reales, y que validará nuestras motivaciones e intereses profesionales. La confianza no vendrá del papel, sino del dato. Esto implica una revolución en las relaciones laborales que se definirá por los siguientes elementos: Empresas y Organizaciones deberán (de verdad) centrarse en atraer, desarrollar y retener talento, los Sistemas de Empleo deberán aprender a operar como plataformas abiertas eficientes y no como ventanillas burocratizadas dedicadas al control y las personas aprenderemos a usarlas y a depender más de las huellas que dejemos en términos de aprendizaje, habilidades y competencias que en las capacitaciones formales.

El empleo dejará de estar basado en una relación formal/jurídica para estar centrado en una relación de confianza digital. Y esa transición -si no se gobierna con ética, justicia, seguridad y transparencia y justicia- puede convertir en un fracaso al que va a ser, sin ninguna duda, el mayor experimento social del siglo XXI.

 

El dilema humano

Durante décadas, el trabajo/empleo ha sido el elemento central de la estructura social. Individualmente ha facilitado el estatus la cohesión y la pertinencia. Pero si la IA nos libera (o nos expulsa) de la necesidad de desarrollar las tareas que hemos denominado trabajo/empleo tendremos que inventar nuevas formas para dar un sentido a la vida humana. Por debajo de todo esto late una pregunta más incómoda: ¿Qué haremos cuando el empleo deje de ser el centro de nuestra identidad?
Ya estamos en este proceso. 2026 no será, probablemente, un año catastrófico en temas cuantitativos (el desempleo va a crecer, pero no significativamente) pero puede ser el primero de los años en los que constatemos que lo que nos cuentan sobre nuestro mercado de trabajo no es real. Probablemente no será el año de la catástrofe laboral, sino el año del vacío simbólico: cuando descubramos que producir no es lo mismo que contribuir.
El reto no será técnico, sino cultural. Deberíamos trabajar en algo que el mercado ha olvidado: el derecho a la relevancia humana. Y (no se si vamos a ser capaces de hacerlo) empezar a repensar muchas de las políticas de empleo que deberían de dejar de ser “administradoras de situaciones de desempleo” para convertirse en acciones de futuro centradas en el aprendizaje, la orientación y la inclusión.

 

2026 debería de ser el año del inicio de un nuevo ciclo. Aquel en el que, convencidos de que el empleo va a cambiar radicalmente (tanto en términos cuantitativos como cualitativos) iniciemos la construcción de un nuevo modelo basado en la capacidad humana de adaptación y centrado socialmente en la equidad y la responsabilidad colectiva. Un modelo social más justo y basado en la eficiencia, la transparencia, y la trazabilidad. Un futuro en el que no sólo sobrevivan algunos afortunados (por status social) o aquellos que estén más dispuestos a aprender, desaprender y reconfigurarse.

 

Un futuro en el que el desafío individual no sea disponer de un trabajo/empleo sino tener un significado.