Durante décadas nos mostraron el camino siguiente: estudia, consigue un buen trabajo, esfuérzate, mantente en el carril correcto y, con un poco de suerte, acabarás llegando al final del camino con una trayectoria profesional sólida, estable y lógica. Era un relato cómodo, limpio, predecible. Y también era una mentira.
No porque entonces no funcionara -funcionaba- sino porque hoy ya no existe. Y ello resulta crítico para las generaciones que fueron/fuimos y hemos educado con estos criterios. Hoy no queda ningún rastro de ello. El mundo del trabajo ya no es una escalera recta, sino un laberinto en movimiento constante. Caminos que ayer estaban abiertos hoy se cierran. Profesiones consolidadas desaparecen o se transforman. Sectores enteros mutan. La innovación desordena, la IA acelera, la geopolítica redibuja las reglas de las relaciones internacionales y consecuentemente las económicas y la tecnología altera la velocidad con la que el conocimiento queda obsoleto.
Y la verdad incómoda es esta: nadie tiene el mapa ni sabe bien cuál es el destino.
Ni los gobiernos, ni las instituciones educativas, ni las empresas y/o organizaciones, ni los “gurus”. Todos avanzamos tanteando, iterando, corrigiendo. Por eso necesitamos otra cosa. No un mapa, sino un faro que debemos encender y mantener porque todo aquello que nos contaron ya no existe.
Encender el faro: propósito, identidad y dirección
En un entorno que cambia a una velocidad que no controlamos, hay una única variable que sí podemos decidir como individuos es la de: qué queremos que nos importe. Qué valores queremos defender, qué problemas queremos resolver, qué impacto queremos dejar, qué tipo de vida queremos construir. Este, junto con la resilencia para adaptarnos a lo desconocido son los únicos faros que nos van a iluminar en nuestro camino. No es un objetivo concreto (un ascenso, un salario, un título), sino una intención profunda que nos ilumina incluso cuando el terreno es incierto.
Los faros no se descubren sentados en un retiro espiritual. Se construyen a veces a través de un error, de un fracaso, de una oportunidad inesperada o de una conversación que nos hizo cambiar la perspectiva. Los faros se revisan, ajustan y redefinen. Pero siempre nos recuerda una cosa esencial: qué es lo que finalmente nos mueve o incluso nos paraliza.
Si nos basamos en ellos podremos con toda seguridad elegir mejor, descartar mejor, priorizar mejor. Podemos permitirnos decir “no”, aunque lo hagamos con una cierta dosis de inseguridad. Podemos superar la incertidumbre y el pánico porque conseguimos saber por dónde andamos.
El profesional polímata:
Este es un concepto que probablemente no hemos escuchado a menudo, pero es posible que esto cambie en el futuro. Se conoce como polimatía a la capacidad de alcanzar la excelencia en varias áreas del conocimiento. Un concepto que procede de la lengua griega ´polimathós´ y cuya traducción literal es “el que sabe muchas cosas”. Una persona polímata es aquella que tiene amplios y profundos conocimientos en diferentes áreas/materias. Una consecuencia extraña del mundo actual es que nos empuja hacia una lógica renacentista: necesitamos ser más amplios, no más estrechos. En otras palabras, es posible que el futuro pase más por los generalistas que por los especialistas.
Antes se premiaba la especialización precoz. Hoy y más en el futuro se valorará y premiará a aquellas que tengan otras cualidades: curiosidad permanente, capacidad de conexión, conocimiento en diferentes áreas, se muevan en diferentes lenguajes, integren perspectivas de distintas disciplinas. No se trata de ser “experto en todo” -eso es imposible- sino ser capaz de aprender con rapidez, explorar con flexibilidad, aportar valor desde una mirada transversal. La persona que sepa combinar creatividad, criterio, datos, tecnología, comunicación y pensamiento estratégico va a tener más posibilidades de navegar con éxito en un mercado laboral volátil frente a la que se aferre a una sola etiqueta profesional.
En este sentido la polimatía no es un lujo intelectual: es un salvavidas. Nos permitirá participar en diferentes ámbitos, reiniciar sin partir de cero y protegernos del riesgo de obsolescencia.
Las trayectorias del futuro:
La verdad incómoda que debemos de afrontar y gestionar es la siguiente: nadie tiene el mapa ni sabe bien cuál es el destino. Ni las empresas, ni los gobiernos, ni las instituciones formativas, ni los “gurus”. Todos avanzamos tanteando, iterando, corrigiendo. Por eso necesitamos otra cosa. No un mapa, sino un faro que debemos crear, encender, alimentar y mantener porque todo aquello que nos contaron ya no existe.
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