“Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”
Llevo algunos años escribiendo por estas fechas sobre los análisis y las propuestas que se formulan en el Foro de Davos en el ámbito del empleo. Sin embargo, este año voy a centrarme en el momento inusual que se ha vivido con el discurso rupturista realizado por el primer ministro de Canadá Mark Carney. No fue una declaración complaciente, ni un himno tecnocrático al neoliberalismo. Se limitó a poner encima de la mesa una realidad evidente: “el orden mundial que conocíamos ha muerto ya que la era de la estabilidad global se ha disuelto”. En su lugar se abre una nueva realidad fundada en la nueva geopolítica que ya domina a las grandes potencias. Un nuevo escenario que podríamos resumir con la afirmación siguiente: “el reino de la fábula global se ha acabado”
No ha sido un discurso académico ni mucho menos complaciente, sino una alerta estratégica y política centrada en que el viejo orden no vuelve. Carney no usó metáforas suaves: la narrativa vigente en las últimas décadas, -la de que multilateralismo, instituciones internacionales y comercio abierto asegurarían beneficios mutuos- era, en el fondo, una ficción que permitía a las potencias dominantes eximirse de las reglas cuando les convenía y tratar a los más débiles con criterios distintos según sus propios intereses.
Esta posición planteada por el líder de un actor del sistema, (tanto por la posición que ocupa actualmente como por su trayectoria profesional) y formulada en uno de los centros del “establishment global” es, en sí misma, la esencia del impacto. Cuando un actor del sistema admite que éste está roto no hay solución posible.
La situación que vivimos hoy no es una transición suave, como muchos líderes financieros plantean. Para Carney, es un cambio profundo donde las grandes potencias han dejado de engañarnos con un teórico respecto a las normas globales y plantean su derecho a usar herramientas económicas, políticas e incluso militares como medios de presión y coerción. Lo que supone que las reglas del juego dejan de ser neutras ni predecibles, y que la cooperación se fractura cuando los más poderosos están dispuestos a romper acuerdos sin consecuencias.
El diagnóstico va más allá de la economía convirtiéndose en una lectura geopolítica y moral que plantea es una propuesta que exige la colaboración entre lo que denomina las “potencias medias” que han de dejar de pensar que el “status quo” les protegerá y que deben de crear alianzas estratégicas para defender sus intereses y valores. El argumento más impactante desde mi punto de vista es el siguiente: “Si no estamos en la mesa, estamos en el menú.”
Y que contempla la certeza de que quién no participe activamente en la configuración del nuevo escenario global simplemente será pasado por encima. Las potencias pequeñas han consentido, durante décadas, una narrativa en la que su seguridad y prosperidad dependían de un orden construido por otros. Carney propone claramente la necesidad de replantear esa dependencia.
El efecto del discurso ha sido inmediato y profundo. Mientras muchos líderes globales respondieron con aplausos y reconocimiento la respuesta más llamativa vino de fuera del auditorio. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, respondió públicamente criticando a Carney, sugiriendo que Canadá debería estar agradecido por todo lo que recibe de los Estados Unidos. Una respuesta que no es un error táctico: es una demostración de cómo se está jugando la guerra cultural y política por el relato del poder global. Trump no solo negó las tesis de Carney; intentó minar su legitimidad, presentando a Canadá como un socio dependiente y no como un actor soberano.
Sin embargo la réplica ha sido contundente: “Canadá prospera porqué somos canadienses” y que tiene implicaciones de largo alcance a nivel global. En concreto descoloniza el debate sobre el multilateralismo al reconocer que el sistema no fue nunca tan equitativo como se decía, reconfigura las alianzas geoeconómicas basadas en estructuras rígidas y dominadas por un pequeño grupo de potencias y abre una ventana para la cooperación entre países medianos y emergentes que buscan alternativas al dominio de los grandes bloques. Paralelamente plantea una agenda de defensa de valores y soberanía que no necesariamente pasa por la lógica tradicional del poder militar o económico y que cuestiona abiertamente una narrativa que ha marcado el devenir del mundo en los últimos decenios.
No ha sido un discurso neutral: ha sido un desafío intelectual, moral y estratégico. No solo advierte sobre la ruptura de un orden global basado en reglas, sino que empuja a las naciones, especialmente a las medianas- a dejar de pensar en términos de subordinación, dependencia o nostalgia por estructuras que ya no existen. Coloca a la soberanía, la autonomía y la colaboración estratégica por encima de la ilusión del orden estable. Y esto es una llamada a reconfigurar las reglas mismas de la política global y a plantear una oposición activa a aquellos que pretenden una configuración centrada únicamente en sus intereses y en el uso del poder y de la fuerza para hacerlos valer.
La gran pregunta es: ¿Seremos los europeos capaces de jugar en favor de nuestros legítimos intereses con decisión y fuerza en este nuevo escenario?
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