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El debate económico en España (y, en general, en Europa) se ha convertido en una especie de teatro semántico. Se habla mucho, pero se dice poco. Y lo poco que se dice, a menudo, puede estar cuidadosamente maquillado.

No es casual. Llamamos “incentivos” a lo que en ocasiones son privilegios. Llamamos “protección” a lo que a veces es bloqueo. Llamamos “derechos adquiridos” a lo que, en determinados contextos, son desigualdades consolidadas. Y así, poco a poco, el lenguaje deja de describir la realidad para empezar a protegerla.

Las decisiones y propuestas económicas nunca son neutrales, aunque se presenten como orientadas por componentes técnicos. Aquí hay una tensión de fondo que rara vez se explicita: ¿Queremos eficiencia o equidad?, ¿Nos interesa proteger a los que ya están o abrir oportunidades a los recién llegados? ¿Buscamos un sistema sostenible o claramente expansivo? El problema no es elegir. El problema es no reconocer que estamos eligiendo. Nos hemos acostumbrado a vivir la economía como un campo de batalla moral. Porque cuando no nombramos el conflicto, lo escondemos. Y cuando lo escondemos, adquirimos la incapacidad de gestionarlo.

En esta materia hay 4 grandes “hitos” en los que el lenguaje “se transforma”:

El espejismo de la gratuidad

Uno de los puntos más incómodos puede ser el concepto de gratuidad. Nada es gratuito. Cuando algo se etiqueta de esta manera simplemente estamos desplazando el coste: al contribuyente, a los colectivos que no tienen nuestra capacidad de influencia, a las generaciones futuras.

El problema no es que existan servicios públicos (al contrario, son esenciales). El problema es que se presenten como si no tuvieran coste. Lo que hacemos es romper el vínculo entre uso y responsabilidad. Y cuando ese vínculo se rompe, el sistema se vuelve insostenible. No solo financieramente, sino también culturalmente.

La relación entre distribución y riqueza

Otro concepto sobre el que deberíamos de preocuparnos es el de la relación entre distribución y riqueza. La redistribución es necesaria pero lamentablemente no es infinita. No es posible redistribuir sin generar ya que éste es un límite invisible. Si no hay generación de valor suficiente, la redistribución se convierte en un juego de suma cero. Y en ese punto, el conflicto social deja de ser latente para volverse explícito.

No se puede sostener indefinidamente un sistema que promete más de lo que produce, aunque éste sea el modelo que hoy fundamente al discurso político claramente oportunista.

El coste de no decir la verdad

Falsear la realidad es algo que hacemos muy a menudo hoy. Cuando no llamamos a las cosas por su nombre esto produce costes en términos de cronificación de los problemas estructurales, dilución de las reformas y formulación de propuestas políticas que formalmente atacan el problema pero que sólo actúan como parches. Es lo que técnicamente puede ser conceptualizado como coste de las ficciones colectivas

En el mercado de trabajo esto es evidente. Sabemos hacer buenos diagnósticos, pero desacertamos totalmente en las medidas que implementamos. Tenemos mucho discurso, pero generamos poco impacto.

El riesgo político de la honestidad

¿Por qué no se dicen las cosas claras? Porqué tiene coste político. Decir la verdad implica reconocer límites. Y reconocer límites no da votos. O, al menos, no en el corto plazo. Es más fácil: gastar sin priorizar  prometer sin explicar y reformar sin incomodar. Pero ese enfoque tiene una fecha de caducidad. Y normalmente no coincide con los ciclos electorales, sino con los ciclos de crisis.

Mientras tanto los ciudadanos requerimos y demandamos un lenguaje honesto y veraz.

Una sociedad adulta necesita un lenguaje adulto. Puede ser engañada a corto plazo, pero finalmente la madurez colectiva tiende a imponerse. Lo que implica desde: Reconocer los intercambios: No todo es compatible ya que elegir supone renunciar a otras opciones. Hacer explícitos los costes: Cada política tiene un precio. Ocultarlo no los elimina. Diferenciar derechos de expectativas: No todo lo deseable es sostenible. Por último: Tomar decisiones difíciles: Las mejores decisiones no son las más populares.

Y ¿Qué pasa con la gestión del empleo?

Si trasladamos estas ideas al ámbito del empleo, las pregunta son inevitables: ¿Estamos llamando a las cosas por su nombre?, ¿Dedicamos esfuerzos a lo que es realmente relevante? etc. O por el contrario, seguimos atrapados en un ecosistema donde: la falta de resultados se esconde detrás de una narrativa institucional, la baja eficiencia se oculta bajo métricas complacientes y el desempleo estructural se disfraza de coyuntural,

Por otra parte, dedicamos esfuerzos a ámbitos que pueden ser políticamente interesantes pero que no suponen atacar los problemas de fondo. Necesitamos dedicación y esfuerzos a “desmontar los decorados”. No se trata de ofrecer soluciones mágicas sino dar un primer paso: Antes de transformar la economía hemos de transformar el lenguaje con el que la pensamos. Y esto, en tiempos de sobreabundancia de discurso es casi revolucionario y probablemente sea el primer paso para el cambio que necesitamos.

PD… Estas reflexiones se han formulado inspirándome en el artículo de Guillem Lopez Casasnovas publicado en Ara y accesible https://es.ara.cat/economia/empresas/cosas-nombre-economia-pais_129_5692444.html Un artículo que os recomiendo encarecidamente