En este periodo de Semana Santa he repasado algunos textos que tenía planteados en borradores. Y me he encontrado con unas notas tomadas en la pasada edición del Talent Arena (celebrado coincidiendo con la edición de este año del Mobile World Congress).
Un evento en el que la conversación no ha sido exclusivamente tecnológica sino centrada en el impacto y en lo que la Inteligencia Artificial va a hacer con el trabajo, las organizaciones y la gestión del talento.
Aquí tenéis desde mi punto de vista cuáles son las 5 ideas clave que se han formulado/consolidado como retos a superar en esta materia:
- La IA no es una innovación es una infraestructura
- El problema de la IA no es la tecnología. Son las estructuras mentales
- El nuevo trabajador no ejecuta tareas. Orquesta inteligencias
- La educación sigue preparando para un mundo que ya no existe
- La clave del mercado laboral el futuro no estará en el binomio humano/máquina
Cuando uno escucha varias ponencias, debates y conversaciones informales, empieza a emerger una narrativa bastante clara. No siempre se dice de forma explícita, pero es el punto central. Me refiero a la constatación de que lo que estamos viviendo no es estrictamente una revolución tecnológica más. Podemos decirlo de muchas maneras, pero todas ellas se pueden resumir en la siguiente: Es una infraestructura emergente que va a modificar sustancialmente la vida humana.
Durante años hemos hablado de la IA como una herramienta más dentro del arsenal digital de las empresas. Algo que se podía explorar, probar o incluso ignorar. Sin embargo, lo que empieza a percibirse es que estamos entrando en una fase diferente, Una fase en la que la IA se comporta más como lo hicieron en su momento la electricidad, internet o el smartphone: una tecnología que deja de ser opcional y se convierte en una capa estructural sobre la que se reorganiza todo lo demás.
Cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser si una empresa utiliza o no inteligencia artificial. La pregunta pasa a ser otra: ¿qué partes de su organización siguen funcionando como si la IA no existiera? Y cuánto tiempo podrán seguir haciéndolo.
Por ello en la gran mayoría de las conversaciones del Talent Arena aparece la idea que de alguna manera rompe con la narrativa dominante: los principales obstáculos para adoptar y usar la inteligencia artificial no son tecnológicos. Son culturales y organizativos.
Las herramientas funcionan. Los modelos funcionan. Los copilotos funcionan. Lo que no está funcionando tan bien son las estructuras mentales de las personas y las organizativas diseñadas para un mundo en el que todo el trabajo era humano. Procesos rígidos, jerarquías pesadas, incentivos que penalizan el error o culturas corporativas poco abiertas a la experimentación están frenando, en muchos contextos, la adopción real de estas tecnologías. Y además no todo lo que se cuenta es realmente cierto. Dicho de otra forma: la inteligencia artificial está chocando con nuestras estructuras mentales y con las organizativas diseñadas para el siglo XX. Unas estructuras que siguen en muchos casos negándose a aceptar la evidencia y que venden/comunican que están haciendo en este campo mucho más de lo que realmente hacen.
No obstante, este choque empieza a transformar también la naturaleza de lo que hoy conocemos por trabajo/empleo. Durante décadas, la automatización se ha entendido como un proceso de sustitución: máquinas que reemplazan tareas humanas. La IA está produciendo algo ligeramente distinto. Además de sustituir, está empezando a amplificar.
Cada vez más profesionales trabajan rodeados de sistemas que multiplican su capacidad: copilotos de programación, asistentes de investigación, generadores de contenido, herramientas de análisis automático o agentes capaces de ejecutar tareas completas. En este contexto, el trabajo humano cambia de naturaleza con el riesgo cada vez más evidente de que desaparezcan muchas de las posiciones intermedias y de intermediación. Ya no se trata solo de ejecutar tareas o intermediar entre personas, sino de coordinar inteligencias. Y ello supone desde cambios en los requerimientos y las competencias hasta nuevos criterios en los procesos de reclutamiento y selección. Se empieza a detectar la necesidad de encontrar a personas que, al margen de determinados conocimientos técnicos, tengan la capacidad, y la actitud para manejar y dirigir sistemas inteligentes para hacer trabajar a los nuevos instrumentos y herramientas no solamente mejor y más rápido sino también con criterio.
Este cambio pone en evidencia otro de los grandes desafíos que aparece en el trasfondo de muchas conversaciones: la desconexión entre los sistemas educativos y de aprendizaje y la velocidad con que avanza la transformación tecnológica. Mientras las organizaciones experimentan con agentes autónomos y sistemas generativos cada vez más sofisticados, buena parte de la educación sigue funcionando con lógicas que apenas han cambiado en décadas con el resultado de que las brechas competenciales no sólo no se resuelven, sino que se acrecientan.
Muchos estudiantes están aprendiendo habilidades que pueden quedar obsoletas incluso antes de entrar plenamente en el mercado laboral. Mientras tanto, las competencias que empiezan a ganar valor no son necesariamente las más técnicas, sino las que permiten trabajar con tecnología en entornos complejos: pensamiento crítico, aprendizaje continuo, creatividad aplicada o capacidad para formular problemas relevantes. Y en este sentido el reto que ya hemos dicho no era de carácter tecnológico tampoco debe de ser regulatorio. Puede que sea algo más profundo: cómo producir talento en un contexto en el que el conocimiento se transforma a una velocidad sin precedentes.
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