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Otra vez estamos ahí. Frente a las máquinas. Frente a la historia que se repite, cómo ha ocurrido en todas las revoluciones, pero en versión acelerada, digital y sin pausa.

Y esta vez, no hay humo de fábricas ni trenes de vapor: hay algoritmos, modelos generativos y decisiones que se toman a velocidad de clic. No estamos en una revolución industrial más: estamos en la revolución cognitiva, y lo que está en juego no es el empleo… es el rol del ser humano en el futuro.

Los datos son claros: los grandes de la IA (OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Meta, Amazon, Microsoft…) no están invirtiendo millones por filantropía. Sus propósitos, actividades y negocio se centran en facilitar y gestionar la sustitución de trabajo humano por máquinas y/o funcionalidades basadas en la inteligencia artificial.

¿Exagerado? No tanto. Ya lo vivimos con los telares, con la electricidad, con internet. La máquina siempre llegó para quitarnos algo. Pero también para liberarnos de lo mecánico y empujarnos hacia lo creativo, lo estratégico, lo humano. La clave no está en la tecnología, porque el proceso puede ser frenado, modulado, pero es y será finalmente irreversible. La clave reside en estar preparados (individual y colectivamente) para responder a los retos que supone.

Toda revolución empieza igual: con miedo, confusión, resistencia. Las primeras consecuencias son duras —destrucción de empleos, obsolescencia de competencias, ansiedad colectiva—. Es lo que podemos conceptualizar como “la trampa de la transición”. Pero superado este periodo, cuya duración no esta definida ni determinada de antemano, llegan los nuevos roles, las nuevas industrias, los nuevos servicios y necesidades. La transición siempre ha sido dolorosa.

Los análisis de los institutos y centros de investigación más reputados confirman que la productividad aún no refleja todo el potencial de la IA porque estamos en el tramo intermedio —el de la adaptación—. El más incómodo, el más humano, el que separa a los que tienen la capacidad/suerte de superar el trance de los que se ven directamente afectados por él.

Si algo nos enseña la historia es que la automatización no destruye empleo, transforma el trabajo. Una transformación que no es sólo un accidente sino una estrategia impulsada por aquellos que (con independencia de sus intenciones y objetivos) están gestionando el proceso. Los retos no son tanto los relativos al esfuerzo de salvar los viejos roles, oficios y actividades sino inventar los nuevos tomando en cuenta que cada tarea que es asumida por las máquinas abre una puerta a otras con componentes más creativos y humanos. Unas actividades que pueden ser empujadas gracias al aprendizaje. El reto social está centrado en quién gestionará el proceso.

Podemos y debemos imaginar un futuro que no pase necesariamente por el fin del trabajo sino por una era post-humana del empleo. Un futuro en el que la IA viene a desafiarnos, no a sustituirnos, que nos empuja a ser más humanos, más creativos, más adaptables. Y si aprendemos a usarla más adecuadamente, a trabajar con su apoyo, a pensar con ella, podríamos convertir la automatización en liberación.

La pregunta que todos los seres humanos deberíamos de ser capaces de formularnos y de responder sería no “¿Qué va a pasar con mi empleo?”, sino ¿Qué puedo hacer yo con este nuevo poder que está cambiando el mundo?

El futuro no se predice. Se diseña. Y empieza hoy, en las decisiones que tomemos

PD.. las reflexiones anteriores están inspiradas en el post que Enrique Dans ha publicado en su blog accesible en https://www.enriquedans.com/2025/11/el-trabajo-y-la-maquina-la-historia-vuelve-a-empezar.html