Este es el tercer capítulo de la serie que he escrito sobre el binomio relativo al cambio tecnológico y empleo.
En el primero de los artículos de esta serie os comentaba que quería reflexionar sobre este tema desde una doble perspectiva. La primera la “optimista” basadas en los argumentos que Xavier Sala-i-Martin formula en su libro De la sabana a Marte (2023) mientras que la segunda que definí como pesimista se fundamenta en los criterios que formulan Nick Srnicek y Alex Willians Inventando el futuro (2015) Maria Mazzucato El valor de las cosas (2018) y Aaron Benavav Automatización y futuro del trabajo (2020).
Hoy, para terminar esta serie, deseo formularos una tercera hipótesis que me atrevo a denominar como neutra y que se basa en mis propios criterios personales.
De entrada deciros que estoy plenamente convencido que el proceso de transformación/revolución que estamos viviendo tiene y va a tener un impacto real y muy importante sobre el empleo, tanto en términos cuantitativos (número de puestos) como cualitativos (tipología y condiciones de los mismos). Y aunque pueda no generar un desempleo masivo, entre otras razones por las restricciones que, sin duda, vamos a poner en marcha, sí que va a suponer una erosión silenciosa pero muy profunda del lugar que ocupamos los seres humanos en el contrato social. Corremos el riesgo de aceptar una sociedad en la que el trabajo/empleo se convierta (para una parte muy relevante de los seres humanos) en un privilegio escaso o una carga marginal.
Sin embargo, nada es inevitable. La tecnología no tiene dirección propia. Son las decisiones humanas, institucionales y políticas las que determinan cómo se implementa, a quién beneficia y qué impactos genera.
Ya hoy y con más claridad en el próximo futuro los algoritmos no se limitan o limitarán a ejecutar instrucciones. Aprenden, generalizan, formulan propuestas y recomendaciones e inclusive pueden tomar decisiones. Y aunque cometan errores, lo hacen con una eficiencia y escala que empiezan a desplazar funciones tradicionalmente humanas. La pregunta ya no es “¿qué empleos va a eliminar la IA?”, sino “¿quién tendrá la última palabra?” en muchos de los ámbitos de nuestra existencia individual y colectiva.
Podemos pensar en una transformación del sistema laboral que priorice el bienestar, la redistribución social y el reconocimiento del trabajo no remunerado. Es posible imaginar modelos donde los beneficios de la automatización se traduzcan en elementos como: reducción de jornada, percepción de subsidios o RBU, periodos sabáticos, entornos laborales de calidad etc. Pero para eso, necesitamos cambiar las preguntas.
No se trata de cómo nos adaptamos a este futuro sino de preguntarnos, y sobre todo respondernos a cuestiones como ¿Qué futuro queremos construir? y sobre ¿Cuál es el rol que queremos que el trabajo tenga en él? Y recordemos que esto no es el destino… que finalmente es una decisión humana.
Tal vez haya llegado el momento de abandonar el relato ingenuo del progreso automático. Porque si algo está claro es que el futuro no será humano por defecto. Tendremos que construirlo entre todos, defenderlo frente a los que tengan una visión monopolista y sobre todo encontrar las respuestas que den sentido al trabajo/empleo en el futuro. El progreso real no se mide solo en innovación, sino en inclusión. El verdadero dilema no es tecnológico, es profundamente humano.
Durante años se nos ha dicho que el progreso tecnológico “creará más empleo del que destruye”. Es probablemente una frase optimista, reconfortante… y quizás profundamente incompleta. Mientras tanto la narrativa dominante insiste “Habrá nuevos empleos… solo hay que reciclarse.” pero la realidad no está escrita de antemano y puede ser muy diferente. La renovación o reconversión individual no es automática, los periodos de transición serán muy complejos, las nuevas opciones laborales son inestables, fragmentadas, de baja calidad. El verdadero riesgo social se va a producir, probablemente, no como consecuencia de que un volumen relevante de personas viva en una situación más o menos permanente de desempleo sino por la irrelevancia.
Es muy posible que la nueva sociedad tenga como uno de sus elementos clave el de que el trabajo pierda su sentido colectivo. Dónde sólo un determinado porcentaje de personas del sistema productivo con dignidad, y el resto sobrevive en los márgenes. La pregunta no es “¿cómo nos adaptamos al futuro del trabajo?” La pregunta es: ¿Qué futuro queremos construir? Porque la tecnología no es neutral y habrá que controlar socialmente a los que la diseñan, financian e implementan en base al modelo de sociedad que consideramos entre todos sea el más adecuado.
Sí, el cambio es incómodo. Pero también es inevitable. Y si lo abrazamos con inteligencia, con valentía y con una pizca de irreverencia, el mundo que viene puede ser extraordinario. Hay una frase que resume todo esto, y que Sala-i-Martin repite como un mantra implícito en su libro: el progreso no es el enemigo, es la solución. En vez de pelearnos con la tecnología, deberíamos aprender a cabalgarla. No como jinetes que temen al caballo, sino como arquitectos del futuro.
Así que, la próxima vez que alguien diga que “los robots nos van a quitar el trabajo”, hemos de contestarle con una mirada profunda pero llena de compasión y responderle: los robots no nos van a quitar el trabajo/empleo. Evitarán que tengamos que dedicarnos a desarrollar actividades rutinarias, de poco valor y nos permitirán dedicarnos a otras en las que podamos expresar de forma diáfana las capacidades más humanas.
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