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Vivimos tiempos de un ruido ensordecedor. Si uno se detiene a escuchar las conversaciones en muchos entornos, lee o visualiza los titulares que nos inundan percibe una polarización casi eléctrica respecto al impacto de la tecnología en nuestras vidas.

Percibimos una inquietud latente, un miedo atávico en mucha gente preocupada porque la tecnología hace, aparentemente, demasiadas cosas. Y lo que es peor: muchos tienen miedo porque todo indica que hará cada vez más.

Aunque no me incluiría en los que tienen miedo si tengo que reconocer que a veces observo, igual que muchos de mis lectores, a la IA con recelo: como si fuera un ente autónomo con voluntad propia que, en la sombra, está tramando un plan maquiavélico para acabar con nosotros. A menudo me embarga la visión apocalíptica de la ciencia ficción hecha realidad. Mientras tanto en el extremo opuesto, identifico a los que podría denominar escépticos radicales, aquellos que creen que las máquinas no son más que una “combinación de caracoles sin alma”, simples calculadoras glorificadas, y que si ocurre algún daño es única y exclusivamente culpa del humano que las opera.

Sin embargo, me temo que estamos resolviendo este debate de forma equivocada. Perdemos un tiempo precioso discutiendo si las máquinas son más o menos “inteligentes”. El problema de este enfoque es que, cada vez que centramos la conversación en esa supuesta inteligencia, lo que estamos haciendo es alimentar el criterio de que la IA podría tener alguna intención, deseo o consciencia. Y al hacerlo, nos estamos perdiendo lo esencial de la transformación que estamos viviendo.

La distinción de Feynman: Conocimiento vs. Inteligencia.

Para entender nuestro nuevo rol, me gusta rescatar una reflexión brillante del físico Richard Feynman. Él explicaba que el conocimiento se demuestra con las respuestas, la inteligencia se demuestra con las preguntas, y la sabiduría se demuestra sabiendo cuándo hacer esas preguntas.

Si aceptamos esta premisa, el panorama cambia radicalmente. Las nuevas máquinas, los Modelos de Lenguaje (LLM) y la IA generativa, poseen un conocimiento enciclopédico, casi infinito. Tienen todas las respuestas probables. Pero nosotros, los humanos, somos los encargados de demostrar la inteligencia al realizar las preguntas.


Todo lo que hace la inteligencia artificial, absolutamente todo, es consecuencia de una pregunta (una pregunta, una instrucción -un prompt-) que nosotros le hemos formulado.


Así que, en cierto modo, y a pesar de nuestros miedos, seguimos al volante. Somos nosotros quienes estamos eligiendo y decidiendo el propósito: si montamos un sistema de inteligencia artificial para plegar proteínas y curar enfermedades o para tomar decisiones bursátiles especulativas; si la usamos para planificar rutas logísticas eficientes o para redactar textos vacíos de contenido. La máquina ejecuta, pero el humano dirige. Hagamos nosotros las preguntas y apoyémonos en las herramientas para obtener las respuestas.

El amplificador de talento (y de incompetencia)

Gracias a la IA, ahora es infinitamente más fácil y rápido obtener respuestas. Hemos ampliado nuestra capacidad operativa de una forma brutal. Esto podría hacernos más inteligentes, sí, pero solo si fuera verdad que preguntamos con sentido.

Aquí reside una verdad incómoda para el mundo de la gestión y del management: lo que nos hace estúpidos no es la inteligencia artificial, sino que la utilizamos haciendo preguntas que podríamos calificar de la misma manera. La IA actúa como un potente amplificador de lo que ya somos. Es un potenciador que hará exponencialmente más capaces a los capaces, y más inútiles a los inútiles.

En el entorno empresarial, esto va a generar una brecha competitiva feroz. Hará más eficientes a unas organizaciones/empresas y expulsará a otras del mercado sin miramientos. Lo cierto es que parece difícil que alguien, ya sea una corporación o un profesional independiente, renuncie a una herramienta que permite interrogar a la realidad con tal potencia. La ventaja competitiva ya no reside en “saber cosas”, sino en saber cómo extraer valor de quien tiene los datos.

El lastre de la herencia educativa:

El gran obstáculo para adaptarnos a este nuevo paradigma no es tecnológico, es cultural y educativo. Históricamente, nuestro sistema educativo -y por mimetismo, nuestros sistemas de evaluación- nos ha evaluado por las respuestas.

Desde la escuela primaria hasta la universidad, juzgamos al alumno por cómo responde a las preguntas del examen. Premiamos la memorización y la repetición del dato. No es habitual evaluar a alguien por la calidad, la profundidad o la agudeza de las preguntas que hace. Esto es una rareza que solo ocurre en las tesis doctorales, donde se plantea una hipótesis y se desarrolla. Pero en el día a día, lo cierto es que seguimos juzgando a partir de respuestas, a pesar de llevar décadas hablando del desarrollo de competencias, del pensamiento crítico y de las actitudes proactivas.

El retorno a Sócrates: Un reto cultural:

Tenemos ante nosotros un reto cultural de primer orden. Necesitamos abandonar un modelo social, cultural y educativo centrado en la respuesta para ir a otro que ponga el foco en la pregunta.

Es, irónicamente, un regreso al pasado para conquistar el futuro. Es precisamente el método que Sócrates proponía para enseñar y aprender: la mayéutica. Hacer preguntas en lugar de dar respuestas directas, y de esta forma ayudar a las personas a pensar profundamente, a cuestionar sus asunciones y a llegar a sus propias conclusiones.

En un mundo donde las respuestas se han convertido en una “commodity” barata y accesible a un clic, el valor se desplaza. Ahora que hemos ampliado nuestra capacidad de obtener respuestas hasta límites insospechados, podemos centrarnos en lo realmente importante, en aquello que nos hace insustituibles como líderes y como profesionales: saber hacer las preguntas adecuadas. Porque una respuesta incorrecta se puede corregir, pero una pregunta incorrecta nos lleva, con gran eficiencia y velocidad, hacia un destino al que nunca debimos ir.

PD… el presente post está inspirado en las reflexiones que Genis Roca formula en el artículo publicado en la Vanguardia y accesible en el link https://www.lavanguardia.com/opinion/20260209/11461060/espabila-aprende-preguntar.html