Hoy ya somos plenamente conscientes del impacto que ya estamos viviendo en el empleo como consecuencia de la paulatina incorporación de la robótica y la inteligencia artificial. También de que como consecuencia de este proceso y de otras tendencias irreversibles como el alargamiento de la esperanza de vida, va a ser necesario que introduzcamos el concepto de RBU (Renta Básica Universal).
Este es uno de los argumentos centrales que forman parte del análisis que estamos realizando en la Fundación Ergon y que son concordantes con las manifestadas por un gran número de expertos. A título de ejemplo sólo quiero destacaros los formulados por Santiago Garcia de Future4work en https://digitalfuturesociety.com/santiago-garcia-in-the-knowledge-economy-learning-is-work-and-work-is-learning/ en el que plantea la necesidad de articular mecanismos para proteger a los grupos menos favorecidos por los cambios que se están experimentando en el entorno laboral.
Recordemos que aunque hemos conseguido disponer de una de las tasas de desempleo más bajas desde la llegada de la democracia un 50% de las personas en esta situación son hoy personas que probablemente no van a poder integrarse de una manera normalizada en nuestro mercado de trabajo.
Nadie discute hoy que estamos probablemente viviendo uno de los momentos, en términos de cambio tecnológico y socioeconómico más disruptivo de la Historia. Con lo que las ventanas de incertidumbre que tenemos sobre el futuro son cada vez más amplias, aunque existe un contexto de conformidad global en el sentido de que la vida de la gran mayoría de los seres humanos (dentro de 30 años) va a parecerse poco a la que vivimos hoy.
Por ello es necesario pensar, diseñar e implementar todo lo que podamos ese futuro desde el presente. Aunque es humano aferrarse a lo conocido por mucho que éste zozobre, no tiene sentido comparar lo que ocurre hoy con otros cambios tecnológicos anteriores con probablemente grados de magnitud mucho más reducidos.
Probablemente nos estamos adentrando en la revolución más importante que el ser humano ha vivido en los últimos 2000 años.
Parece bastante razonable tomar consciencia de que vamos a tener que repensar el sistema laboral y social del que estamos disfrutando hoy, porque los impactos (aunque podamos reducirlos e incluso corregirlos a medio/largo plazo) van a ser muy relevantes. El futuro que visualizamos podemos frenarlo, durante algún tiempo, pero es ciertamente imparable. Así que somos muchos los que abogamos por cambiar el paradigma de las coberturas sociales para centrarlas de forma clara, explícita y transparente en las personas en lugar de los empleos/trabajos.
Y no debemos cometer el error de pensar que estamos en ello o que ya lo estamos consiguiendo. De hecho, todo lo ocurrido desde el momento en que el Gobierno Español anunció la puesta en marcha de un SMV (Salario Mínimo Vital y equivalente al concepto de RMU) no hace más que reforzar estos argumentos. A pesar de los hacia delante y hacia atrás dados en el tema de la reforma de las Pensiones y de la negociación de los partidos en el seno del “pacto de Toledo” no podemos seguir equivocándonos.
Por delante tenemos un largo recorrido conceptual, cultural y legislativo en que vamos a tener que articular y promover cambios sustanciales en muchas de las conductas sociales hoy imperantes. El camino que tenemos por delante es muy largo y complejo y en el que, ya tenemos la evidencia, muchos se perderán en él. Al final de ese sinuoso camino, (si es que tiene un final) las cosas habrán cambiado y mucho…. Debemos hacerlo de forma rápida, transparente y confiando en el empoderamiento individual. No necesitamos mucho tiempo al análisis de lo ocurrido con la implantación del SMV para constatar el camino que nos queda por recorrer.
¿Por dónde debe empezar la reforma del sistema? En primer lugar: debemos empezar por un diagnóstico adecuado de la situación desde una perspectiva técnica y objetiva eliminando y evitando en lo posible las interferencias políticas. A modo de ejemplo debemos determinar cuál va es hoy y cómo se va a mover el posible desfase entre la cuantía de las prestaciones de jubilación y los ingresos generados por las contribuciones o cotizaciones sociales.
En segundo términos debemos reestructurar todo el sistema haciéndolo mucho coherente, integral y transparente. Unas respuestas que se resumen en 4 líneas pero que no resultan de fácil ejecución. Porqué lo que proponen es la necesidad de modificar la concepción social sobre el significado del contrato social llamado empleo, replantear nuestros modelos formativos y de aprendizaje, y reformar los criterios sobre los que se asienta nuestro sistema fiscal. Y todo ello seguido de un plan para comunicar de forma transparente e inteligible los resultados.
Lo que está en juego nos es sólo el sistema de prestaciones sociales sino todo nuestro modelo social y de convivencia. Hay que darse prisa y hacerlo con inteligencia y conocimiento. No podemos dejarlo al azar. Este problema no va a corregirse solamente por el impacto positivo derivado de la creación de empleos que puedan sustituir a los que se pierdan como consecuencia del proceso de robotización ni por el incremento de la demanda de servicios que se generará entre otros factores por el incremento de la longevidad.
Recordemos que es una realidad que ya está entre nosotros y que debemos de afrontarla si simplemente queremos construir una sociedad más justa y solidaria.
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